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Arte y Cultura Dominicana
Arquitectura
Casí todas las ciudades fueron fundadas por los
colonizadores españoles por lo que la influencia española y
morisca se deja ver en todas las ciudades coloniales.
Las calles de la capital se trazan en cuadrícula influencia
de estilos de las grandes urbes estadounidenses. Fuera de
las ciudades se encuentran las típicas casas de vernácula de
madera, pintadas en vivos colores y de techos cubiertos de
madera o zinc.
Aunque este tipo de construcción es muy común verla en los
pueblos de la República Dominicana, su construcción cada vez
es menos frecuente, siendo sustituída por la construcción de
casas de "blocs" de cemento, estéticamente menos favorecidas
pero si más seguras ante las posibles inclemencias del
tiempo.
Artesanía
Las artesanias más populares de la República Dominicana son
las joyas de ambar y larimar, la cestería, la alfarería, la
cerámica, la madera tallada y la pintura naif de origen
haitiano.
En Santo Domingo capital se encuentra el Museo Mundo del
Ambar y exhibe diferentes piezas de ámbar extraídas en la
República Dominicana así como otras piedras preciosas de
otros países. Cuenta con una bonita tienda de regalos: Calle
Arzobispo Meriño nº 452, abre todos los días de 9am a 5pm.
En Puerto Plata hay otro museo dedicado al Ambar : Museo del
Ambar Dominicano : Calle Duarte nº 61
La pintura naif de origen haitiano se expone en muchos
lugares y centros comerciales turísticos. Sus artistas no
son verdaderos nombres del arte naif haitano pero podrás
encontrar auténticas bellezas para decorar tu casa.
Museos y Galerías
En Santo Domingo la Plaza de la Cultura de Santo Domingo es
el punto cultural principal de la capital. En ella se
encuentran varios museos relevantes además de la Cinemateca
Nacional, el Teatro Nacional y la Biblioteca Nacional.
En Santiago: El Museo de las Artes Folclóricas de Tomás
Morel, calle Restauración nº 174, expone mascaras y
disfraces tradicionales de Carnaval. También es de interés
el Museo del Tabaco, en la calle 30 de Marzo, nos muestra
una de las más importantes industrias de la República
Dominicana.
En Puerto Plata : El Museo de Ambar Dominicano y el Museo de
Arte Taíno, calle Beler 22, dedicado a la historía de los
primeros habitantes de la isla.
Música
República Dominicana es la patria del Merengue. La música
está omnipresente en todo el país. El merengue es la
expresión más popular de la música dominicana. Juan Luis
Guerra ha sido sin duda la mejor representación del merengue
a nivel internacional. Otros ritmos y músicas dominicanas
han crecido en popularidad como la Bachata que cada vez es
más escuchada y bailada dentro fuera de sus fronteras.
Origines del merengue
Merengue es ánimo, merengue es movimiento, merengue es
una pareja abrazándose y dando vueltos que los levan al
cielo. Se ha dicho que la música dominicana es contagiosa, y
verdaderamente, el merengue, nacido en un país pequeño, ha
llegado a animar y enriquecer las vidas de gente en el mundo
entero. Es contagiosa de manera quq de amor y vida: el
merengue es un virus curativo.
España fue parte del mundo cosmopolitano islámico desde 711
hasta la reconquista. las culturas españolas, asiáticas y
africanas estaban ligadas en éste mundo. Bilal, el muezzin
(cantor) del profeta Hohammad, fue un negro africano.
Reconocido como el mejor cantor de su día, Ibrahim Ibn al-Mahdei
(779-839) fue hijo de una esclava africana y un padre
aristocrático que pasó la mayor parte de su vida en España,
donde fundó un movimiento musical de gran influencia. Hasta
el año 1492 un estimado de 150,000 africanos (mayormente
escavos) residieron en España. Siendo parte del nexo
cosmopolitano afro-asiático, los españoles estaban listos
para la interacción con los africanos cuando conocieron
América; un rico sancocho africano-español creció en Santo
Domingo. En cuanto a la vida musical, la parte negra
predominó, creando una música afro-criolla.
El merengue surgió como una transformación afro-americana de
la contradanza europea. Otras transformaciones de la
contradanza incluyen el danzón cubano y el ragtime
estadounidense. El término "merengue" (en francés "meringue"
y en creole "mereng") se aplica a géneros estilísticamente
distintos en Haití, Venezuela y Colombia. Así, el merengue
dominicano es parte de una familia de bailes generalizada en
el Caribe. El antihaitianismo que persiste entre muchos
dominicanos se manifiesta en el hecho de que algunos
investigadores dominicanos casi han ignorado el merengue de
su vecino país. La investigación del merengue haitiano
pudiera enriquecer la investigación de la música dominicana
por ejemplo, mientras la relación entre el merengue y la
contradanza es clara, cuando uno considera el caso del
merengue haitiano (los fuentes históricas haitianas
demuestran dicha vinculación), la relación entre el merengue
dominicano y la contradanza fue ofuscada por muchos años. El
hecho de que el merengue es el baile nacional tanto de Haití
como de la República Dominicana refleja semejanzas de las
culturas de los dos países de la isla Quisqueya.
El merengue dominicano, como los merengues haitiano y
venezolano, surgió en los salones a mediados del siglo XIX
como derivativo de la contradanza, Imitando la buena
sociedad, los campesinos de las varias regiones de la isla
transformaron el merengue de contradanza a sus propias
maneras, utilizando estéticas e instrumentos musicales
propios de sus culturas regionales. Lo que hoy en día se
llama "el merengue dominicano" viene de una región de la
República Dominicana, el Cibao. Otras regiones del país, y
de Quisqueya entera, han tenido sus propias formas de
merengue. Los otros merengues no se parecen al merengue
cibaeño en el estilo musical ni en el estilo coreográfico.
Los diferentes estilos de merengue son: 1) el merengue de
atabales (en el Este), 2) el merengue palo echa'o, también
llamado pri-prí (en Villa Mella), 3) el merengue redondo (en
Samaná), y 4) el merengue cibaeño (en el Cibao).
Durante años el merengue popular ha admitido muchas
influencias foráneas, sufriendo muchos cambios en su estilo
musical. Por eso se ha dicho que el merengue ha
"degenerado." Papa Molina, el líder de una de las mejores
orquestas de los años 1950s, indica que la música popular de
Estados Unidos siempre ha cambiado su nombre cuando su
estilo musical ha cambiado, y opina que "un género musical
no puede evolucionar cuando la célula ritmica cambia, el
género cambia, y su nombre debe cambiar." Sin embargo, se
debe notar que muchas veces, nombres de géneros musicales se
aplican a tipos de música que son estilísticamente
distintos.
El son cubano no suena como el son mejicano, y el merengue
venezolano no se parece al merengue cibaeño dominicano, que
tampoco se parece el merengue palo echa'o dominicano (el pri-prí).
Quizás los dominicanos no han cambiado el nombre de su
música popular precisamente porque el merengue se ha
convertido en un foro para promover la identidad nacional.
La colonia dominicana en Estados Unidos creció rápidamente
después de los años 1960s y los dominicanos ausentes usaron
el merengue como una estrategia para fomentar su cohesión
social en el ambiente foráneo.
Origines de la bachata
En sus orígenes más remotos conocidos, a comienzos de
los años veinte del siglo XX, el término bachata designaba
un tipo de reunión social, emparentada con la jarana de la
época, definido por la presencia de varios géneros de música
y baile populares. Etimológicamente, la palabra bachata es
sinónimo de juerga, holgorio, parranda, según Fernando
Ortiz.
La bachata constituía una forma de redreación popular: una
fiesta que se realizaba en cualquier patio, bajo la sombra
de un árbol callejero, o en una esquina cualquiera, y cuyo
anteedente podemos establecer que fue el fandango, del cual
refiere Veloz Maggiolo que: "Casi todos los cronistas que
tocan este tema lo refieren a una festividad abierta y no a
una música".
Las dos menciones más antiguas acerca de la bachata que
hemos encontrado en documentos datan de 1922 y 1927. La
primera la contiene un informe que se refiere al hombre
común del poblado de Sabaneta, en la Línea Noroeste, y dice
que este encuentra en el pueblo "todo lo que puede halagar
sus vicios y apetitos mal contenidos: peleas de gallos,
golosinas y ron; pero lo que más le encanta y atrae es la
fiesta (si es de acordeón) o la bachata si es de guitarras y
cantos o boleros. Allí se está largas horas, entre trago y
trago, sin que le preocupe para nada la heterogeneidad
social de conjunto, ni el hálito asfixiante con que el polvo
y el sudor enrarecen el ambiente, ni la forma incivil con
que se arrebatan unos a otros las bailadoras, hasta que muy
entrada la noche vuelve achispado al hogar."
En la segunda, Arzeno definía la bachata como animados
jolgorios en los que "el trovador popular se hacía rey y
comentarista de todo suceso empleando para ello el
repentizado bolero."
De ambas menciones podemos extraer algunas características
de la bachata antigua: conjugaba música, canto y baile; el
bolero era inicialmente el género predominante, pero se
trataba de un bolero rítmico, antillano, puesto que era
bailable, lo cual a su veez significa que perticipaban
hombres y mujeres; y era frecuente el consumo de ron.
De estas caracterizaciones se puede colegir que la bachata
era un complejo socio-musical, del cual, dundiendeo ritmos,
melodías e intrumentos y adaptándolos al ambiente nativo,
mació posteriormente un modo musical e interpretativo de
aspecto autóctono, que es el género musical de la bachata.
Precisamos que en aquellos añoa se diferenciaban los
términos fiesta, baile y bachata, como señalaba Reamón
Emilio Jiménez ya en 1955. Se entendía, comúnmente, que las
tres eran celebraciones diferentes: se consideraba baile las
que tenían lugar en salones de lujo, donde primaban las
danzas selectas de la época, cuya realización se hacía con
orquesta; a su vez, las fiestas eran las celebraciones con
güira, tambora y acordeón, o sea, donde la música
predominante era el merengue, el zapateo y otros ritmos
folklóricos similares; las bachatas eran especificamente las
celebraciones que se hacían con guitarras, bongó, palitos o
cucharas, y otros instrumentos afines, y donde se bailaba
predominantemente boleros y guarachas, pero también se
entonaba son, ranchera y merengue con guitarra.
Pacini Hernandez define la bachata como una música popular
dominicana autóctona, que emerge en 1961, teniendo como base
las músicas latinoamericanas tocadas con guitarra, como
bolero, ranchera y son. Indica, además, que el típico
conjunto de bachatas se compone de dos guitarras, maracas
-sustituidas recientemente por la güira- y el bongó
-sustituido ocasionalmente por la tumbadora.
En tal celebración los instrumentos eran ejecutados por
músicos las más de las veces improvisados y aislados en su
medio, lo cual le imprimía a los ritmos que servían al baile
las matizaciones propias de aquél universo marginal. Los
espacios físicos de las bachatas eran principalmente los
habitáculos marginales urbanos o rurales. En el campo, en
una sociedad predominantemente rural como la de entonces,
podía ser la enramada rústica o la sombra de un árbol, y en
la ciudad, el parque o el patio de una vivienda. De esa
manera, la bachata se extendió lentamente.
Jiménez, quien, como se evidencia a continuación, detestaba
tal celebración, dice: "Las bachatas eran un foco de
atracción de todos los hombres, y que nivelaba las clases
sociales que a ellas concurrían, predominando las formas más
burdas y libres de la democracia, el arroyo en toda su
naturalidad pecaminosa". Sobre el escenario favorito para
ese desborde de pasiones "pecaminosas", lo que él llamaba
"placer disoluto", era "una salita impregnada de fuertes
esencias" que parecían "conjuradas para desafiar la
honestidad y poner sobre las armas los sentidos. Las más
airosas formas de suburbio están allí desafiadoras y
audaces". Y agrega: "La presencia del trago, la tonada
zandunguera y las ansias provocadas por las guapas indias de
pícaros ojazos de noche, maestras en el arte de imprimir
temblores a su fresca carne virgen, quebranta la
tranquilidad nocturna de la barriada para ceder espacio a la
acción de bachatear o jaranear"
El nombre designaba, pues, más que un tipo de música, un
ambiente social de vecindario o de barrio, definido
básicamente por la presencia del baile y un conjunto de
músicas populares. Esa diversión "conjugaba música, baile,
relaciones amorosas, galanteos, amistades, alcoholismo y
otras muchas actitudes"
La música previa solía ser heterogénea, pero la línea
temática esencial de sus canciones, al decir de Jiménez, era
desde un principio de corte trágico-melancólico; enfocaban
la traición amorosa, al desprecio, recuerdos de ayer, los
obstáculos que impedían la felicidad, el agobio económico;
en otras palabras, tenía un texto narrativo y descriptivo,
con frases figuradas muchas veces cargadas de doble sentido.
Por su origen y social y su temática, desde un principio
aparecieron sectores aficionados a la bachata, casos de las
trabajadoras domésticas, guardias, campesinos y peones,
entre otros. Puede señalarse que en estos grupos sociales,
"la música es síntesis de cientos de años de vivencias en la
marginalidad"
En relación con ellos fue que surgieron distintas
denominaciones para la bachata, con sentido peyorativo,
tales como "música de guardia", "canciones de amargue:", o
"discos de vellonera". En general, esto no era más que
evidencia de la actitud despectiva predominante en la
sociedad formal acerca de lo popular, y que implicaba al
merengue y a la bachata tanto como a las demás músicas
populares, y casi todas las actividades de las clases
populares: música, arte, recreación. A todos estas
manifestaciones se les consideraba "bajas" por su origen
social plebes, inmorales, indecentes, impuras, pecaminosas.
estas nociones puritanas de lo social, lo moral y lo
cultural, resultan de interés en cuanto implicaron una
aversión ideológica hacia lo popular, íntimamente asociada
al predominio de la cultura autoritaria en la elite
hegemónica en la sociedad.
A partir de los años treinta, el tipo de celebración que era
la bachata se extiende hasta los bares, casas de cita, y
lugares similares. En el Santo Domingo de la época posterior
al ciclón de San Zenón (1930) se recuerda el sitio
denominado El Yarey, situado en el barrio de Villa
Francisca, periférico a la ciudad en ese entonces. En
Santiago de los Caballeros era famoso el llamado Callejón de
la Alegria, espacio donde por primera vez se usó el saxofón
en el Caribe a comienzos del siglo XX en el conjunto
denominado Perico Ripiao - que ejecuta el merengue típico
dominicano-, y p0or donde, también, el son cubano reingresó
a la República Dominicana alrededor de 1930.
A los grupos que amenizaban las bachatas se les llamaba
"conjunto de bachata". Nuestras indagaciones indican que el
género musical denominado bachata se originó como resultado
de una lenta evolución de la música interpretada en la
tipología de reunión social que ese nombre designaba, y que
sus creadores naónimos fueron los conjuntos que las
amenizaban. Recuérdose que los ritmos que predominaban en
ellas eran el bolero ritmico, la guaracha y el son, entre
otros, bastante extendidos en las Antillas después de la
primera guerra mundial y con gran repunte, sobre todo del
primero, tras la segunda guerra mundial.
Mientras, por una parte, Juan Luis Guerra reconoce en la
bachata "un bolero antillano", otros observan también la
influencia de la guaracha y del son, en los años ochenta se
puso en evidencia la existencia de dos vertientes rítmicas
de la bachata, una pausada y otra acelerada.
Nuestra hipótesis al respecto es que los primeros bachateros
crearon una forma propia y acelerada de bolero, con letras
similares a la de este y una manera gangosa de cantar, con
una voz de resonancias nasales, y con giros de
desgarramiento, dolor y amargura, de ahí el sobrenombre de
"música de amargue" que se le endilgó durante mucho tiempo.
La forma musical de la bachata refleja el predominio del
bolero tropical, que es más acelerado que el tradicional
español, y era interpretada por unos músicos generalmente
empíricos. A estas formas de canto y música se le agregó un
cambio en coreografía del baile, incluyendo un elevamiento
de los pies al concluir cada ciclo de los movimientos del
baile, con lo cual quedó conformado el género como un ente
musical y danzario autónomo, en los años sesenta del siglo
XX.
Es probable que los antiguos "conjuntos de bachatas", en sus
interpretaciones del bolero la guaracha y el son, chocaran
con las limitaciones propias de una débil preparación
musical al intentar hacerlo por las reglas. Esto
probablemente llevó a simplificar esos ritmos, dando origen
a una nueva forma de musicalización e interpretación, que
con el tiempo adoptó el nombre de la actividad que designaba
la bachata.
A la caída de Trujillo, la afición por la guaracha era tal
que pronto esa influencia encontró una expresión masiva en
un canal tan idóneo como la radio, en una sociedad pre-
moderna como la dominicana de aquél entonces. Eso vino a ser
La Guarachita, la emisora especializada en esa música, y
cuyo nombre salió de la inclinación popular hacia ese ritmo.
Este nombre, y el de música de amargue, durante mucho tiempo
se disputaron la denominación del nuevo género, aunque en
los lustros recientes el nombre de bachata se ha hecho
indisputable.
El nombre mudó del tipo de actividad que designaba, al
conjunto musical que la amenizaba, y finalmente al tipo de
música que predominó en aquella, que no era, ya, ni bolero,
ni guaracha, ni son, sino algo nuevo, distinto.
Ahora bien, resulta importante establecer dónde y cuándo se
produce el paso final hacia la constitución de la bachata
como especie musical autónoma. Sabemos lo dificultoso que
resulta establecerlo con precisión, principalmente si
tomamos en cuenta que la evolución fue espontánea y anónima.
De manera tentativa, y con base en los datos que he podido
recoger, lanzo la hipótesis de que el paso definitivo se
produjo en el ámbito urbano, contrario a la idea de que su
origen es rural.
En otras palabras, aunque el término bachata designaba en
sus orígenes una actividad de preeminencia rural, por estar
inserta en una sociedad también rural, el género musical
bachata, que resultó de la evolución de aquélla, es de
origen urbano, producto de un movimiento de traslación que
convirtió a las ciudades en el epicentro de actividad. El
espacio urbano, en comparación con los campos y por razones
culturales, era más proclive a favorecer la evolución de los
patrones culturales.
Esto no ha de extrañamos, si tomamos en cuenta la explosión
demográfica y el brusco proceso de urbanización desde los
años cincuenta, producto de una acelerada migración
rural-urbana de la población dominicana
Asimismo, nuestros datos indican que ese paso se produjo
entre 1950 y 1965. Como ya vimos, desde los años veinte las
zonas populares de las ciudades conocían celebraciones de
bachatas. Antes mencionamos a Sabaneta, en el Noroeste, y
luego El Yarey en el sector de Villa Francisca, en Santo
Domingo. En los años treinta, en Santiago de los Caballeros,
de donde ya mencionamos e Callejón de la Alegría, so
conocieron como músicos "bachateros" a Ramón Wagner ("Mon La
Bruja"), y al "Conjunto de la mulatería", donde tocaban Jim
Sánchez y Morito Sánchez, entre otros. En esos años
alcanzaron popularidad en el país lo grupos cubanos como Los
Compadres, el Sexteto Habanero y el Trío Matamoros, el cual
se encontraba en Santo Domingo en agosto de 1030, y en donde
pasaron el ciclón San Zenón, el cual dio origen al tema El
Ciclón.
Otras evidencias aparecieron en el sector de Borojol, en
Santo Domingo, con posterioridad a la segunda guerra
mundial. Sara Pérez recogió el testimonio de Pedro María, un
músico bachatero de los años cincuenta, quien llegó a ese
barrio a comienzos de ese decenio, y tomó parte en las
celebraciones de bachatas, en las que, dice, tocaban con
todo, incluso a veces bastaba con el toque de dos cuchara,
lo cual puede resultar exagerado. Esta fue la época también
en que escribió sus opiniones Ramón Emilio Jiménez,
mencionando el nombre de bachata como actividad.
Ahora bien, el mismo Jiménez apunta los instrumentos que se
usaban para entonces en las celebraciones: guitarra, bongó y
los palitos o clave. Estos son los mismos con que se originó
la bachata musicalmente. Ese dato, aunque no es garantía de
que el ritmo haya surgido para entonces, sin embargo, señala
un acercamiento hacia ello: indica que la instrumentación
básica ya estaba establecida. La transformación parece
ocurrir a partir de entonces, y antes de la guerra
patriótica de 1965, como síntesis de varias confluencias.
Pintura Dominicana
Las primeras influencias culturales de Europa en el Nuevo
Mundo tuvieron lugar en la ciudad primada de América, Santo
Domingo. La primera expresión de esas culturas, quedó
atrapada en los muros y las piedras. Fue la Arquitectura y
el diseño urbano de las ciudades la principal muestra de esa
expresión. Luego se introdujeron la orfebrería, la platería
y finalmente la pintura y la escultura.
La arquitectura colonial atravesó una enorme variedad de
estilos y en cada uno de ellos el aporte de las tierras
conquistadas es notable. En Santo Domingo lucen nuevos bríos
el estilo románico, el gótico, el barroco y el neoclásico.
Prevalecía, en la pintura y en la escultura, el aspecto
sacro del tema ya que era en los conventos donde se aprendía
y se practicaban las bellas artes.
Luego de la segunda mitad del Siglo XIX Europa vuelve a
dejar sentir su poderoso influjo. El Impresionismo,
post-impresionismo, costumbrismo y Art Nouveau son
representados de alguna manera en la pintura dominicana. Se
destacan Abelardo Rodríguez Urdaneta (1870-1932), pintor
académico y Leopoldo Navarro. autor de cuadros
costumbristas, Enrique García Godoy (1885-1941) y Celeste
Woss y Gil (1891-1985) quien fue la primera mujer en
presentar una exposición individual de sus obras (1924) y
quien al establecer la práctica de copia del natural, en la
enseñanza artística, acercó a los dominicanos a la
contemplación y a la apreciación de la anatomía criolla;
cambio fundamental de la pintura de los años 30.
La pintura dominicana moderna se inicia a principios del
siglo XX , adoptando nuevos estilos que buscan expresar la
identidad, de frente a la condición racial, geográfica e
histórica. Aquí se destacan Jaime Colson y Darío Suro
Con Manolo Pascual En 1939, con la llegada de profesores y
artistas españoles a República Dominicana, se funda la
Escuela Nacional de Bellas Artes, en la dictadura de
Trujillo (que duró de 1930-1960), de la cual emergen nuevos
artistas: Gilberto Hernández Ortega (1924-1979), Marianela
Jiménez (1925), Clara Ledesma (1924), Luichy Martínez
Richiez (1928), Antonio Prats Ventos (1928). Josép Gausachs
(1889-1959) George Hausdorf,
Entre los años 50 y 60 emergen artistas que contribuyen a
desarrollar el arte dominicano. Sus principales exponentes
son: Eligio Pichardo (1930-1984), Paul Giudicelli
(1931-1965), Domingo Liz (1931), Fernando Peña Defilló
(1928), Silvano Lora (1931-2003), Gaspar Mario Cruz (1925).
Antonio Toribio (1934), Ada Balcácer (1930), José Cestero,
Ramón Oviedo, Juan Plutarco Andújar y Aquiles Azar.
Durante la década del sesenta, el tránsito de la dictadura a
la democracia produce obras donde todo se cuestiona,
estableciendo el límite entre lo moderno y lo contemporáneo
en la producción artística dominicana. En estos años se
destacan: Iván Tovar (1942), Ramón Oviedo (1927),
Cándido Bidó (1936), José Rincón Mora (1938), Rosa Tavarez,
José Felix Moya (1944),Jorge Severino, Amable Sterling,
Fernando Ureña Rib(1951), Antonio Guadalupe (1941), José R.
Conde (1940-1987), Alonso Cuevas (1953), Alberto Ulloa
(1950), Domingo Liz (1931), Vicente Pimentel (1942), Elsa
Nuñez (1943), Mariano Ekert, (1920), Guillo Pérez
(1927).León Bosch, Soucy de Pellerano, Alberto Bass, Orlando
Menicucci, Daniel Henríquez, Danilo de los Santos Julio
Susana, Vicente Fabré, Freddy Javier, Joaquín Ciprián, Juan
Medina, Freddy Cabral, José Perdomo y Bismark Victoria.
En los años ochenta y noventa, el desarrollo de la
informática y los medios de comunicación internacionales han
llevado a las nuevas generaciones a incursionar en una
propuesta donde lo insular y caribeño, son el sello de
identidad de los artistas dominicanos. Hinojosa, Dustin
Muñoz, José García Cordero, (1950) Dionisio Blanco, Jesús
Desangles, Hilario Olivo, Luz Severino, Radahamés Mejía,
Juan Mayí, Johny Bonelly, Raúl Recio, Amaya Salazar (1951)
Fabio Domínguez, Tony Capellán y Geo Ripley. Entre los que
se dedican al arte contemporáneo y las instalaciones, cabe
destacar a Marcos Lora Read, Quisqueya Henríquez, Ingrid
Madera, Charo Oquet, América Olivo, Belkis Ramírez, Jorge
Pineda y Eliú Almonte.
Carnaval
La celebración del Carnaval tiene su origen probable en
fiestas paganas, como las que se realizaban en honor a Baco,
el Dios del vino, las saturnales y las lupercales romanas, o
las que se realizaban en honor del buey Apis en Egipto.
Según algunos historiadores, los orígenes de las fiestas de
Carnaval se remontan a las antiguas Sumeria y Egipto, hace
más de 5,000 años, con celebraciones similares en la época
del Imperio Romano, desde donde se difundió la costumbre por
Europa, siendo traído a América por los navegantes españoles
y portugueses que nos colonizaron a partir del siglo XV.
El Carnaval en República Dominicana es una celebración
popular que se celebra desde la conquista española. Febrero
es el mes del Carnaval y cada región tiene su propio
carnaval. Los mejores del país se celebran en la región del
Cibao en Santiago y La Vega aunque los de Santo Domingo
capital y Monte Cristi gozan también de gran popularidad.
En la celebración del Carnaval Dominicano se aprecia, en
particular en los atuendos y disfraces, una mezcla muy
variada por regiones de elementos y tradiciones africanas
traídas por los esclavos transportados al Nuevo Mundo y las
costumbres y ropajes europeos de sus amos y colonizadores.
Se confunden en las festividades los diablos cojuelos, con
sus trajes de capa cubiertos de espejos, cascabeles y
cencerros, que ridiculizan a los señores medievales, con los
platanuses y otros disfraces netamente africanos, así como
un sinnúmero de manifestaciones de la creatividad popular.
El Carnaval es la fiesta popular de mayor tradición de
República Dominicana. Se produce desde la colonia, en
víspera de la cuaresma cristiana, cuando los habitantes de
Santo Domingo se disfrazaban como un remedo de las
carnestolendas europeas.
Si desde el siglo XVI «hubo máscaras en la ciudad de Santo
Domingo», lo cierto es que la tradición colonial creció con
las gestas republicanas del 27 febrero de 1844 y del 16
agosto de 1865, al punto de que casi desde entonces nuestros
carnavales se celebran en estas fechas, no importa si se
encuentran fuera de las carnestolendas y por lo común ya
dentro de la propia cuaresma, por lo menos la primera.
Como se sabe, el carnaval ocurre antes de la cuaresma, que
es tiempo de penitencia y de preparación para la pasión de
Cristo.
Entre nosotros, por ejemplo, los lechones de Santiago
aparecieron después de la Restauración, al amparo de los
bailes de máscaras celebrados en la casona de Madame García.
Carnaval de Santo Domingo
De acuerdo con la documentación existente, antes de 1520 ya
había carnaval en la ciudad de Santo Domingo, Primada de
América, declarada por la UNESCO, como Patrimonio Cultural
de la Humanidad.
Si bien los carnavales de Santiago y La Vega son los más
importantes en cuanto a tradición y popularidad, el carnaval
de Santo Domingo es el centro de las actividades oficiales,
iniciándose con el acto aislado (unos días antes del
verdadero inicio del carnaval) de la coronación del Rey
Califé.
En pleno apogeo colonial se celebraban los carnavales de
carnestolenda, pero también como culminación de grandes
acontecimientos y festividades religiosas, en honor a San
Juan Bautista, Las Mercedes, San Miguel, San Carlos, Corpus
Christi, entre otros.
El carnaval se transforma a partir del presente siglo, sobre
todo a mediados, con los cambios
socio-económicos-políticos-urbanos de la ciudad, donde el
pueblo surgirá como un protagonista fundamental.
Mientras en la calle el Conde y los clubes privados se va a
expresar el carnaval de las élites europeizadas, el Parque
Enriquillo va a convertirse en el centro del carnaval
popular, de donde van a surgir una rica cantidad de
personajes, como:
-
Se me muere Rebeca
-
Califé
-
Los Indios
-
Los Africanos
-
Los Ali-Baba
El área principal de celebración es la amplia avenida George
Washington, a orillas del Mar Caribe, en el denominado
malecón.
Allí se acondicionan plazas para numerosos eventos y la zona
se convierte en una enorme fiesta que se prolonga por varios
días (típicamente el fin de semana más cercano al 27 de
febrero).
Concluye con un gran desfile por el malecón de carrozas y
comparsas de colores llamativos al ritmo de merengue,
deslumbrando a los espectadores y contagiándolos con su
baile.
Hoy en día, hay carnavales para Febrero y para Agosto,
manteniendo así una tradición cultural-artística-social.
Carnaval de Santiago
En 1795 ya había carnavales para las fiestas patronales, en
honor a San Santiago, para Corpus Christi y para la
carnestolenda (tres días antes del miércoles de ceniza), en
la ciudad de Santiago de los Caballeros, cuyas
manifestaciones provenían desde los días de la colonia
española.
Al igual que en la ciudad de Santo Domingo, inicialmente el
carnaval se dividía en función de la estratificación social
de las clases sociales existentes en Santiago, con
manifestaciones en clubes privados por parte de los sectores
pudientes y en las calles de los barrios populares,
particularmente en La Joya y los Pepines, de donde surgirán
los Lechones y Los Pepines de la ciudad disfrazados con
coloridos trajes atacándose mutuamente, siguiendo una larga
tradición de vieja rivalidad entre ellos.
Los Lechones usan máscaras que se asemejan cerdos, mientras
que los Pepines usan máscaras con cuernos puntiagudos.
Para algunos investigadores, las primeras manifestaciones de
carnaval de la isla que hoy compartimos con Haití, y de
América, se realizaron en lo que es hoy las Ruinas de la
Vega Vieja, en Febrero de 1520, en ocasión de una visita de
Bartolomé de las Casas.
Se tenía noticia que los habitantes de la Vega Vieja se
disfrazaban de moros y cristianos y realizaban festejos que
evolucionaron en las celebraciones actuales.
Durante años el carnaval vegano mantuvo una expresión
predominantemente españolizada, simbolizada en una expresiva
teatralización, el baile de las cintas y sus Diablos
Cojuelos, con trajes simples de color rojo, amarillo, verde
y con sus máscaras representativas del diablo medieval,
andromorfo, mefistofélico, con sus dos cachitos frontales
clásicos, orejas grandes, boca abierta y dientes al aire, la
cual fue posteriormente criollizada con barbas de cuero de
chivo.
Cada domingo del mes de febrero en horas de la tarde, los
Diablos Cojuelos salen a la calle armados de sus vejigas de
toro, golpeando a todo el que ose bajar a la calle, pero
respetando a los que se mantienen en la acera o calzada. El
centro de la actividad es la calle Padre Adolfo, pasando por
el Parque de las Flores, donde los diablos azotan a los
transeúntes que los provocan o abandonan la calzada y donde
se culmina con un desfile de más de 80 grupos de comparsas.
Esta dimensión pintoresca, herencia colonial, se
transformará con la presencia afro, donde jugaron importante
papel migraciones cubanas y los pobladores de los barrios
populares de La Vega. Actualmente el carnaval vegano es el
evento cultural más importante de esta ciudad que lleva el
nombre del fértil valle que la sustenta y ha sido declarado
Patrimonio Folklórico Nacional por la Cámara de Diputados.
Literatura
Literatura de la República Dominicana hace referencia a
las manifestaciones literarias producidas en el territorio
del país o fuera de él por dominicanos. Aunque sólo puede
hablarse con rigor de literatura dominicana tras la
independencia del país, se acostumbra incluir la producción
literaria de la época colonial.
Historia de la Literatura Dominicana
Difícilmente antes del siglo XIX se podría hablar de textos
fuera del casillero de la literatura colonial. Los primeros
autores nacionales, entonces, contarían entre sus filas a
José Núñez de Cáceres, Juan Pablo Duarte, Nicolás Ureña de
Mendoza, que serían los que rondan el año 1844, el de la
proclamación de la República Dominicana. Luego vendrían José
Joaquín Pérez, Manuel de Jesús Galván, Nicolás Ureña de
Mendoza y su hija Salomé Ureña.
Como antecedente, el primer texto literario escrito en la
isla, que se recuerda, es el Diario de navegación del
genovés Cristóbal Colón, en el que el almirante describe el
paisaje y los pobladores de América. A partir de esa obra se
sucederán otras en diversos géneros y en distintos momentos
de su evolución histórica. Cristóbal de Llerena escribe el
entremés Octava de Corpus Christi y, durante la etapa
colonial, Leonor de Ovando escribe algunos sonetos, por lo
que se le considera la primera mujer en escribir poesía de
este lado del mundo.
La poesía, la novela, el cuento, el ensayo y la historia han
expresado el discurrir político, social y económico del país
que desde la hazaña del descubrimiento se ha impregnado de
múltiples corrientes de pensamiento, sobre todo europeas y
estadounidenses inicialmente, y del lejano oriente en las
producciones de algunos escritores de finales del siglo XX.
La poesía ha tenido exponentes prominentes. El siglo XIX fue
uno de los que más robusteció el género, aunque el XX fue
todavía más prolífico y significó la evolución hacia su
madurez, con el surgimiento de las vanguardias.
Aunque se desarrolló tardíamente, la novela ha tenido y
tiene exponentes importantes en el país, aunque su
desarrollo no ha escalado como las otras manifestaciones
literarias. Surgió bajo la influencia del romanticismo
francés de Víctor Hugo y acusa tres momentos importantes de
acuerdo a su tipología y temática: la “novela de la caña”,
la “novela bíblica” y “novelas costumbristas”.
El cuento ha tenido más trascendencia que la novela. El
aporte de Juan Bosch, maestro del género en Hispanoamérica,
ha sido fundamental. El escritor y político escribió tres
significativas colecciones de cuentos tituladas Cuentos
escritos antes del exilio, Cuentos escritos en el exilio y
Más cuentos escritos en el exilio. El cuento moderno se
inicia en la segunda fase del siglo XIX, es decir,
tardíamente, a juzgar por otros países.
Durante décadas, los intelectuales dominicanos han tenido en
el ensayo un escenario que han ampliado y desarrollado con
talento. Destacan los ensayos políticos de los
independentistas, los conservadores y los restauradores. Uno
de sus mejores exponentes en la arena internacional fue don
Pedro Henríquez Ureña. La pasión local por los temas
históricos, sobre todos los que abordan el tema de la
dictadura de Rafael Leonidas Trujillo y otros episodios
políticos trascendentales, ha influido en el desarrollo de
historiadores de fuste en diferentes épocas de la República.
Poesía
Según el escritor Basilio Belliard, el momento más
espléndido de la poesía dominicana del siglo XIX es el que
conforman Salomé Ureña, José Joaquín Pérez y Gastón Fernando
Deligne, tres pilares donde descansa la modernidad de
nuestra poesía de la época en sus vertientes patriótica,
indigenista y psicológica. Pero no es sino en el siglo XX
cuando nuestra poesía alcanza la categoría de moderna, con
el surgimiento de las vanguardias.
La poesía es el género más cultivado desde Manuel María
Valencia, el primer poeta romántico, pasando por Fabio
Fiallo y otros que asimilan las influencias de las
corrientes literarias europeas, hasta la irrupción
incipiente del modernismo en tres figuras importantes como
Valentín Giró, Ricardo Pérez Alfonseca y Osvaldo Bazil,
cuyas influencias de Darío languidecen con la aparición del
postumismo, hacia 1921. Tal es el caso de Otilio Vigil Díaz,
el introductor de las vanguardias en las letras dominicanas,
y gran renovador de nuestra lírica, influido por el
simbolismo francés. Así, funda el primer movimiento poético
de carácter unipersonal, al que se le sumó Zacarías Espinal
y al que denominó vedrinismo, llamado así porque en sus
versos intentaba hacer las piruetas que hacía en el aire un
aviador francés de nombre Jules Vedrines.
Vigil Díaz introduce la modernidad al crear el verso libre y
el poema en prosa con sus libros Góndolas (1912) y Galeras
de Pafos (1921). Después de él, la poesía dominicana vive
otro gran momento representado por Domingo Moreno Jimenes,
al fundar, junto al filósofo Andrés Avelino y al poeta
Rafael Augusto Zorrilla, el postumismo, en 1921. Redactan un
manifiesto en el que niegan las vanguardias y favorecen una
poesía de carácter nacionalista que rescate el color local,
el paisaje y la identidad del hombre dominicano. Con el
postumismo la tradición poética dominicana se renueva y
sacude para incubar nuevas voces que la fortalecen. A este
movimiento le sigue la Poesía Sorprendida, el grupo más
pujante y de una gran apertura estética, conformado por
grandes poetas como Franklin Mieses Burgos, Antonio
Fernández Spencer, Aída Cartagena Portalatín, Freddy Gatón
Arce, entre otros. Este conjunto de poetas tenía como lema
la “poesía con el hombre universal”, contrario al postumismo.
Después le sigue la generación de los Independientes del 40,
integrada por Manuel del Cabral, Héctor Incháustegui Cabral,
Pedro Mir y Tomás Hernández Franco, los cuales publicaron
poemas emblemáticos como Compadre Mon, Hay un país en el
mundo, Poema de una sola angustia y Yelidá. De los
Sorprendidos se desprende otro grupo de poetas
antitrujillistas llamados la Generación del 48, conformada,
entre otros, por Víctor Villegas, Máximo Avilés Blonda, Lupo
Hernández Rueda, Luis Alfredo Torres, Rafael Valera Benítez,
Abelardo Vicioso, etc. En los años sesenta, a raíz de la
caída del régimen de Trujillo, surgen los escritores de la
Generación del Sesenta con Marcio Veloz Maggiolo, Ramón
Francisco, René del Risco, Jeannette Miller y Miguel
Alfonseca.
En la misma década, y como consecuencia de la Guerra de
abril del 65, surge el movimiento llamado Poetas de
Postguerra (o Joven Poesía), con Mateo Morrison, Andrés L.
Mateo, Enriquillo Sánchez, Tony Raful, Alexis Gómez Rosa,
Enrique Eusebio y Soledad Álvarez, entre otros.
En los años ochenta aparece un movimiento poético que funda
una ruptura con aquella generación al desentenderse de lo
ideológico y de la circunstancia histórica, creando una
poesía del pensamiento y la reflexión sobre otros temas: no
ya lo social, sino lo filosófico, la muerte y lo erótico.
Entre esos poetas están Leandro Morales, José Mármol, Plinio
Chahín,[[ Dionisio de Jesús]], Médar Serrata, Víctor Bidó,
José Alejandro Peña, etc. Cabe destacar poetas de transición
de finales de los años setenta y principios de los ochenta,
como José Enrique García, autor del libro El fabulador y
Cayo Claudio Espinal creador del Movimiento Contexualista y
autor de los libros Utopía de los vínculos, Banquetes de
aflicción, Comedio (entre gravedad y risa), Las políticas
culturales en la República Dominicana, La mampara y Clave de
estambre. También de transición, aparece en 1993
Preeminencia del tiempo, de Leopoldo Minaya, tal vez la obra
poética fundamental de la última década del siglo XX,
caracterizada por un sincretismo estético y estilístico que
integra el canon clásico a las diversas escuelas de
vanguardia, revelando una angustia existencial que remonta a
las esencias mismas del espíritu humano.
Novela
La primera novela escrita por un dominicano fue El
montero (1856, publicada en París), de Pedro Francisco Bonó.
Luego le siguió La fantasma de Higuey (1857, publicada en La
Habana) de Francisco Angulo Guridi, aunque algunos
historiadores de la literatura dicen que la primera novela
dominicana es Los amores de los indios (1843, publicada en
La Habana) de Angulo Guridi. La novela dominicana no ha
tenido la pujanza que han tenido otros géneros como la
poesía, el ensayo y el cuento, a pesar del Enriquillo (1879)
de Manuel de Jesús Galván, que es la gran novela indigenista
del Nuevo Mundo.
La novela es un género tardío en la República Dominicana.
Surge bajo la influencia del romanticismo francés de Víctor
Hugo. Como se ve, la historia de la literatura dominicana es
la historia de la poesía o, más bien, de generaciones
poéticas. Un gran hito de la novelística dominicana lo
constituye la novela Sólo cenizas hallarás (bolero) de Pedro
Vergés, con la que obtuvo los premios Blasco Ibáñez y el de
la crítica en España en 1980.
La novela dominicana acusa tres momentos importantes de
acuerdo a su tipología y temática: la “novela de la caña”,
representada por Cañas y bueyes de Moscoso Puello, Over de
Marrero Aristy y Jenjibre de Pérez Alfonseca. Luego la
“novela bíblica” de Carlos Esteban Deive, Veloz Maggiolo y
Ramón Emilio Reyes y la “novela propagandística” como Los
enemigos de la tierra de Requena, Trementina, clerén y bongó
y “novelas costumbristas” como La cacica de Rafael Damirón,
Baní o Engracia y Antoñica de F. Gregorio Billini, La mañosa
de Juan Bosch y la triología de García Godoy, compuesta por
Rufinito, Guanuma y Alma dominicana.
Dentro de los novelistas más consagrados y de mayor
proyección internacional en el momento actual se encuentra
Marcio Veloz Maggiolo, autor de una decena de novelas,
versátil escritor, pues ha cultivado el cuento, el ensayo
histórico-arqueológico, el teatro y la novela. Junto a Aída
Cartagena Portalatín funda la novela experimental, el
primero con Los ángeles de hueso (1967) y la segunda con
Escalera para Electra (1970). No obstante esa realidad,
muchos críticos literarios afirman que la gran novela
dominicana aún no se ha escrito, a pesar de la existencia de
novelas como La sangre de Tulio Manuel Cestero, Over de
Ramón Marrero Aristy, La mañosa de Bosch, Biografía difusa
de Sombra Castañeda de Veloz Maggiolo o La balada de
Alfonsina Bairán de Andrés L. Mateo.
Cuento
El cuento es un género que ha tenido mejor suerte que la
novela, pues tenemos el privilegio de contar con un maestro
del género en Hispanoamérica como lo es Juan Bosch, quien
escribió tres significativas colecciones de cuentos
tituladas Cuentos escritos antes del exilio, Cuentos
escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio.
El cuento moderno se inicia en la segunda fase del siglo XIX,
es decir, tardíamente, a juzgar por otros países. El primer
cuento breve que se conoce es El garito (1854) de Ángulo
Guridi.
Las primeras leyendas y relatos de tradición oral que llegan
a la isla provienen de los conquistadores, a través de sus
intelectuales y religiosos que las esparcen por todo el
territorio nacional. En el siglo XIX las primeras
narraciones son de corte costumbristas, y la principal
figura de esta tendencia es César Nicolás Penson, autor de
Cosas añejas. Ya en el siglo XX tenemos la figura de Fabio
Fiallo, quien escribe cuentos modernistas influidos por su
amigo Rubén Darío con Cuentos frágiles (1908), así como
Tulio Manuel Cestero y Virginia Elena Ortea.
Otros importantes exponentes del género son José Ramón Lopez,
René del Risco, Virgilio Díaz Grullón, Hilma Contreras, Sanz
Lajara, José Rijo, Diógenes Valdez, Pedro Peix, entre otros.
Desde la temática costumbrista y socio-realista de Bosch,
Sócrates Nolasco, Néstor Caro y Marrero Aristy, hasta la
vertiente psicológica de Díaz Grullón y la temática urbana
de del Risco o la fantástica de Peix, el cuento ha
experimentado una variedad de facetas que lo hacen ser un
género de una riqueza expresiva, temática y técnica
encomiable. En los años ochenta se destacan René Rodríguez
Soriano, Ángela Hernández, Rafael García Romero, Pedro
Camilo, Avelino Stanley, Ramón Tejada Holguín, César Zapata,
Manuel García Cartagena y en los años noventa, Pedro Antonio
Valdez, Pastor de Moya, José Acosta, Luis Martín Gómez,
entre otros.
Ensayo
El ensayo sobre todo el historico. ENSAYO. Escrito en
prosa sobre un tema específico sin pretensiones científicas
ni conclusión definitiva. El término ensayo fue usado
originalmente para designar aquellos escritos experimentales
que oscilaban entre la ciencia y la literatura.
Pero esa concepción ha ido cambiando paulatinamente, al
extremo de que en la actualidad se le da categoría de ensayo
a aquellos textos que mediante la exposición, la discusión y
la evaluación de un tema detergí-nado pretende validar la
tesis expuesta en el mismo. El iniciador del género fue el
francés Miguel de Montaigne (1533-1592), quien en 1580
publicó una serie de escritos sobre sus confesiones
personales titulado Essais (Ensayos). Posteriormente, en
1597, el inglés Francisco Bacon (1561-1626) dio a la
publicidad su obra Ensayos, meditaciones religiosas, tópicos
de persuasión y de discusión. Entre otros propulsores
europeos del ensayo sobresalen: Joseph Addison (1672-1719),
Gaddhold Lessing (1729-1781), Johann Goethe (1749-1832),
Tomás Carlyle (1795-1881), Tomás Macaulay (1800-1859),
Hipólito Taine (1828-1893), Paul Valery (1871-1945), Thomas
Mann (1875-1955) y Gyorgy Lukacs (1885-1971).
En España, donde el ensayo toma verdadero cuerpo en el siglo
XIX, han ganado fama como ensayistas Angel Ganivet
(1865-1898), Miguel de Unamuno (1864-1936), José Ortega y
Gasset (1883-1955) y Amé-rico Castro (1885-1972).
Hispanoamérica, por su parte, ha dado figuras de la talla de
Juan Montalvo (1833-1889), José Martí (1853-1895), José
Vasconcelos (1881-1959), Pedro Henríquez Ureña (1884-1946),
José Carlos Mariátegui (1895-1930), Octavio Paz (1914-1998)
y Roberto Fernández Retamar (1930). En República Dominicana,
como en casi todo el que resto de América Latina, el ensayo
surge formalmente en la segunda mitad del siglo XIX y
adquiere notoriedad en el XX. Su orientación ha sido
tradicionalmente histórica, política, sociológica y
literaria.
Es difícil fijar el punto de partida del ensayo dominicano,
pues antes de que dicho género alcanzara cierto nivel de
madurez en el país, hubo un grupo considerable de escritores
que expresaron sus inquietudes políticas, sociales y
literarias a través de la prosa ensayística. Los ideales
revolucionarios de los independentistas y los restauradores,
así como el arribismo y el antinacionalismo de los
intelectuales conservadores dominicanos de la segunda mitad
del siglo XIX predominan en los escritos periodísticos de
los más valiosos representantes de la primera oleada de
ensayistas nacionales.
Los artículos de Alejandro Angulo Guridi (1816-1884),
particularmente los publicados en los semanarios El Orden,
La Re-pública, La Reforma y El Progreso y reunidos
posteriormente en su obra Temas políticos (1891), reflejan
el nivel de desajuste político de la sociedad dominicana de
su época. Aunque menos profundo que Guridi en el análisis de
temas políticos, pero más hábil que muchos de sus coetáneos
en la percepción de las costumbres y los males sociales
locales, Ulises Francisco Espaillat (1823-1878) motivó a
muchos de sus acólitos a cultivar la prosa periodística.
Labrados con un estilo fluido y ameno, pero de ingrato
recuerdo para el pueblo dominicano por su contenido
alienante y pesimista, fueron los editoriales anexionistas
del periódico La Razón firmados por Manuel de Jesús Galván
(1834-1910) los cuales fueron complementados años después
con su defensa a Pedro Santana divulgada en los semanarios
Oasis y Eco de la Opinión. Otra figura importante en esa
etapa embrionaria de la ensayística nacional fue Manuel de
Jesús Peña y Reynoso (1834-1915), autor de ensayos sobre la
novela Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván y Fantasías
indígenas, de José Joaquín Pérez.
Pero el más notable ensayista literario dominicano del siglo
XIX y de las dos primeras décadas del XX fue Federico García
Godoy, quien inició su labor crítica en 1882 en el periódico
El Porvenir extendiéndose hasta el momento de su muerte,
ocurrida en 1924.
Sus opiniones fueron difundidas en importantes revistas y
periódicos nacionales y extranjeros y en sus obras Perfiles
y relieves (1907), La hora que pasa (1910), Páginas efímeras
(1912), El derrumbe, 1916 y Americanismo literario (1918).
José Ramón López (1866-1922), aferrado originalmente a la
propuesta gastronómica que asocia el triunfo de los pueblos
al tipo de alimentación de sus habitantes, figura entre los
primeros de un connotado número de intelectuales nacionales
que como Américo Lugo (El Estado dominicano ante el derecho
público, 1916 y El nacionalismo dominicano, 1923), Francisco
Moscoso Puello (Cartas a Evelina, 1941), Manuel Arturo Peña
Batlle (La isla de la Tortuga), Juan Isidro Jimenes Grullón
(La República Dominicana,: una ficción, 1965), Joaquín
Balaguer (La isla al revés, 1983) y Juan Bosch (El
pentagonismo, sustituto del imperialismo, 1963 y David,
biografía de un rey, 1968), se disputaron las diversas
corrientes ideológicas de la ensayística isleña. De ellos,
Peña Batlle, Moscoso Puello y Balaguer, supeditaron su
producción a la corriente denominada pesimismo dominicano,
la cual partía de la creencia conservadora de que la
República Dominicana era incapaz de desarrollarse por sí
misma. Otros, en cambio, como Juan Isidro Jimenes Grullón y
Juan Bosch se apoyaron en el discurso sociológico e
histórico para revisar muchos y rectificar muchos de los
planteamientos de sus predecesores inmediatos.
Actualmente en los ensayistas dominicanos de temas
históricos y sociológicos prima el interés por deslindar el
concepto de nacionalidad, los conflictos raciales y la
función social de los intelectuales locales. Los ensayos de
Manuel Núñez (El ocaso de la nación dominicana, 1990),
Andrés L. Mateo (Mito y cultura en la era de Trujillo,
1993), José Rafael Lantigua (La conjura del tiempo, 1994) y
Federico Henríquez Gratereaux (Un ciclón en una botella,
1996) son ejemplos notables de dicha tendencia. Otros, como
Miguel Guerrero (Los últimos días de la era de Trujillo,
1995, La ira del tirano, 1996 y Trujillo y los héroes de
junio, 1996) y MuKien Adriana Sang (Ulises Heureaux:
biografía de un dictador, 1987, Buenaventura Báez, el
caudillo del Sur, 1991 y Una utopía inconclusa: Espaillat y
el liberalismo dominicano del siglo XIX, 1997) han
encontrado en el pasado histórico la vía idónea para revisar
muchos capítulos nebulosos de la historia nacional,
especialmente los relacionados con el papel jugado por
varios de los dictadores dominicanos.
Desde inicio del siglo XX, el ensayo literario comienza a
ganar terreno. Surgen, entonces, las voces de Pedro
Henríquez Ureña (Ensayos críticos, 1905, Seis ensayos en
busca de nuestra expresión, 1927, Literary Currents en
Hispanic América, 1946), Max Henríquez Ureña (Breve historia
del modernismo, 1964), Camila Henríquez Ureña (Apreciación
literaria, 1964) y Antonio Fernández Spencer (Ensayos
literarios, 1960) quienes asumen, por primera vez en la
historia de las letras dominicanas, el análisis y la crítica
literarias con objetividad científica.
Exceptuando a Bruno Rosario Candelier (Lo culto y lo popular
en la poesía dominicana, 1979, La imaginación insular, 1984
y La creación mitopoética, 1989), Diógenes Céspedes (Seis
ensayos sobre poética latinoamericana, 1983, Estudios sobre
literatura, política Lenguaje y poesía en Santo domingo en
el siglo XX, 1985, Política de la teoría del lenguaje y la
poesía en América Latina en el siglo XX, 1995), José
Alcántara Almánzar (Estudios de poesía dominicana, 1979),
Daisy Cocco De Filippis (Estudios semióticos de poesía
dominicana, 1984) y Manuel Matos Moquete (El discurso
teórico en literatura en América Hispánica, 1983 y En la
espiral de los tiempos, 1998), la más reciente promoción de
ensayistas literarios nacionales, entre ellos: Manuel Mora
Serrano, Miguel Angel Fornerín, José Enrique García, etc.
han desarrollado una invaluable labor en la prensa nacional
como articulistas, reseñadores de libros y cronistas
literarios.
Historia
La historia, como género literario ha tenido grandes
exponentes en nuestro país, desde los grandes fundadores de
la historiografía dominicana como José Gabriel García,
Manuel del Monte y Tejada y Bernardo Pichardo, hasta la
hegemonía de los representantes de dos tendencias
antagónicas desde el punto de vista ideológico, tal es el
caso de Roberto Cassá y Frank Moya Pons. Importantes
historiadores desde la era de Trujillo, además de éstos, son
Emilio Cordero Michel, Jaime de Jesús Domínguez, Franklin
Franco Pichardo, Juan Daniel Balcácer y Bernardo Vega.
El tema de Trujillo es el que despierta más interés y
curiosidad, de ahí que Vega sea uno de los más leídos por su
historia documental, así como aquellos historiadores que
tratan los temas de la Iglesia Católica y la era de
Trujillo. Los temas de la independencia, las intervenciones
estadounidenses, la etapa colonial y precolombina han sido
abordados de manera acuciosa por nuestros historiadores con
diferentes enfoques y métodos de análisis. La Composición
Social Dominicana del profesor Juan Bosch es un referente
obligado como punto de partida sociológico para analizar la
estructura social de la RD desde el punto de vista
histórico, así como la Sociología Política Dominicana de
Jimenes Grullón.
Algunos autores dominicanos (en orden alfabético)
• Américo Lugo
• Apolinar Perdomo
• Tulio Manuel Cestero
• José Alcántara Almánzar
• Julia Álvarez
• Paul Alvarez
• Frank Báez
• Ángel Berroa
• Máximo Avilés Blonda
• Juan Bosch
• Manuel del Cabral
• Tomás Castro
• Aída Cartagena Portalatín
• Diógenes Céspedes
• Plinio Chahín
• Hilma Contreras
• León David
• Gastón Fernando Deligne
• Virgilio Díaz Grullón
• Cayo Claudio Espinal
• Fabio Fiallo
• Antonio Fernández Spenser
• Manuel de Jesús Galván
• Freddy Gatón Arce
• Federico Henríquez Grateraux
• Pedro Henríquez Ureña
• Rita Indiana Hernández
• Dionisio de Jesús
• Mariano Lebrón Saviñón
• Ramon Marrero Aristy
• Andrés L. Mateo
• Miguel D. Mena
• Juan Carlos Mieses
• Franklin Mieses Burgos
• Jeannette Miller
• Leopoldo Minaya
• Pedro Mir
• Mateo Morrison
• Pedro Peix
• José Alejandro Peña
• Franklin Franco Pichardo
• René del Risco Bermúdez
• Marta Rivera
• Manuel Rueda
• Enriquillo Sánchez
• Robin Santana
• Haffe Serulle
• Salomé Ureña
• Pedro Antonio Valdez
• Marcio Veloz Maggiolo
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