Historia del Arte y la cultura en la República Dominicana

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República Dominicana

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Arte y Cultura Dominicana

Arquitectura
Casí todas las ciudades fueron fundadas por los colonizadores españoles por lo que la influencia española y morisca se deja ver en todas las ciudades coloniales.
Las calles de la capital se trazan en cuadrícula influencia de estilos de las grandes urbes estadounidenses. Fuera de las ciudades se encuentran las típicas casas de vernácula de madera, pintadas en vivos colores y de techos cubiertos de madera o zinc.

Aunque este tipo de construcción es muy común verla en los pueblos de la República Dominicana, su construcción cada vez es menos frecuente, siendo sustituída por la construcción de casas de "blocs" de cemento, estéticamente menos favorecidas pero si más seguras ante las posibles inclemencias del tiempo.

Artesanía
Las artesanias más populares de la República Dominicana son las joyas de ambar y larimar, la cestería, la alfarería, la cerámica, la madera tallada y la pintura naif de origen haitiano.

En Santo Domingo capital se encuentra el Museo Mundo del Ambar y exhibe diferentes piezas de ámbar extraídas en la República Dominicana así como otras piedras preciosas de otros países. Cuenta con una bonita tienda de regalos: Calle Arzobispo Meriño nº 452, abre todos los días de 9am a 5pm.

En Puerto Plata hay otro museo dedicado al Ambar : Museo del Ambar Dominicano : Calle Duarte nº 61
La pintura naif de origen haitiano se expone en muchos lugares y centros comerciales turísticos. Sus artistas no son verdaderos nombres del arte naif haitano pero podrás encontrar auténticas bellezas para decorar tu casa.

Museos y Galerías
En Santo Domingo la Plaza de la Cultura de Santo Domingo es el punto cultural principal de la capital. En ella se encuentran varios museos relevantes además de la Cinemateca Nacional, el Teatro Nacional y la Biblioteca Nacional.
En Santiago: El Museo de las Artes Folclóricas de Tomás Morel, calle Restauración nº 174, expone mascaras y disfraces tradicionales de Carnaval. También es de interés el Museo del Tabaco, en la calle 30 de Marzo, nos muestra una de las más importantes industrias de la República Dominicana.
En Puerto Plata : El Museo de Ambar Dominicano y el Museo de Arte Taíno, calle Beler 22, dedicado a la historía de los primeros habitantes de la isla.

Música
República Dominicana es la patria del Merengue. La música está omnipresente en todo el país. El merengue es la expresión más popular de la música dominicana. Juan Luis Guerra ha sido sin duda la mejor representación del merengue a nivel internacional. Otros ritmos y músicas dominicanas han crecido en popularidad como la Bachata que cada vez es más escuchada y bailada dentro fuera de sus fronteras.

Origines del merengue
Merengue es ánimo, merengue es movimiento, merengue es una pareja abrazándose y dando vueltos que los levan al cielo. Se ha dicho que la música dominicana es contagiosa, y verdaderamente, el merengue, nacido en un país pequeño, ha llegado a animar y enriquecer las vidas de gente en el mundo entero. Es contagiosa de manera quq de amor y vida: el merengue es un virus curativo.

España fue parte del mundo cosmopolitano islámico desde 711 hasta la reconquista. las culturas españolas, asiáticas y africanas estaban ligadas en éste mundo. Bilal, el muezzin (cantor) del profeta Hohammad, fue un negro africano. Reconocido como el mejor cantor de su día, Ibrahim Ibn al-Mahdei (779-839) fue hijo de una esclava africana y un padre aristocrático que pasó la mayor parte de su vida en España, donde fundó un movimiento musical de gran influencia. Hasta el año 1492 un estimado de 150,000 africanos (mayormente escavos) residieron en España. Siendo parte del nexo cosmopolitano afro-asiático, los españoles estaban listos para la interacción con los africanos cuando conocieron América; un rico sancocho africano-español creció en Santo Domingo. En cuanto a la vida musical, la parte negra predominó, creando una música afro-criolla.

El merengue surgió como una transformación afro-americana de la contradanza europea. Otras transformaciones de la contradanza incluyen el danzón cubano y el ragtime estadounidense. El término "merengue" (en francés "meringue" y en creole "mereng") se aplica a géneros estilísticamente distintos en Haití, Venezuela y Colombia. Así, el merengue dominicano es parte de una familia de bailes generalizada en el Caribe. El antihaitianismo que persiste entre muchos dominicanos se manifiesta en el hecho de que algunos investigadores dominicanos casi han ignorado el merengue de su vecino país. La investigación del merengue haitiano pudiera enriquecer la investigación de la música dominicana por ejemplo, mientras la relación entre el merengue y la contradanza es clara, cuando uno considera el caso del merengue haitiano (los fuentes históricas haitianas demuestran dicha vinculación), la relación entre el merengue dominicano y la contradanza fue ofuscada por muchos años. El hecho de que el merengue es el baile nacional tanto de Haití como de la República Dominicana refleja semejanzas de las culturas de los dos países de la isla Quisqueya.

El merengue dominicano, como los merengues haitiano y venezolano, surgió en los salones a mediados del siglo XIX como derivativo de la contradanza, Imitando la buena sociedad, los campesinos de las varias regiones de la isla transformaron el merengue de contradanza a sus propias maneras, utilizando estéticas e instrumentos musicales propios de sus culturas regionales. Lo que hoy en día se llama "el merengue dominicano" viene de una región de la República Dominicana, el Cibao. Otras regiones del país, y de Quisqueya entera, han tenido sus propias formas de merengue. Los otros merengues no se parecen al merengue cibaeño en el estilo musical ni en el estilo coreográfico.

Los diferentes estilos de merengue son: 1) el merengue de atabales (en el Este), 2) el merengue palo echa'o, también llamado pri-prí (en Villa Mella), 3) el merengue redondo (en Samaná), y 4) el merengue cibaeño (en el Cibao).
Durante años el merengue popular ha admitido muchas influencias foráneas, sufriendo muchos cambios en su estilo musical. Por eso se ha dicho que el merengue ha "degenerado." Papa Molina, el líder de una de las mejores orquestas de los años 1950s, indica que la música popular de Estados Unidos siempre ha cambiado su nombre cuando su estilo musical ha cambiado, y opina que "un género musical no puede evolucionar cuando la célula ritmica cambia, el género cambia, y su nombre debe cambiar." Sin embargo, se debe notar que muchas veces, nombres de géneros musicales se aplican a tipos de música que son estilísticamente distintos.

El son cubano no suena como el son mejicano, y el merengue venezolano no se parece al merengue cibaeño dominicano, que tampoco se parece el merengue palo echa'o dominicano (el pri-prí). Quizás los dominicanos no han cambiado el nombre de su música popular precisamente porque el merengue se ha convertido en un foro para promover la identidad nacional. La colonia dominicana en Estados Unidos creció rápidamente después de los años 1960s y los dominicanos ausentes usaron el merengue como una estrategia para fomentar su cohesión social en el ambiente foráneo.

Origines de la bachata
En sus orígenes más remotos conocidos, a comienzos de los años veinte del siglo XX, el término bachata designaba un tipo de reunión social, emparentada con la jarana de la época, definido por la presencia de varios géneros de música y baile populares. Etimológicamente, la palabra bachata es sinónimo de juerga, holgorio, parranda, según Fernando Ortiz.
La bachata constituía una forma de redreación popular: una fiesta que se realizaba en cualquier patio, bajo la sombra de un árbol callejero, o en una esquina cualquiera, y cuyo anteedente podemos establecer que fue el fandango, del cual refiere Veloz Maggiolo que: "Casi todos los cronistas que tocan este tema lo refieren a una festividad abierta y no a una música".

Las dos menciones más antiguas acerca de la bachata que hemos encontrado en documentos datan de 1922 y 1927. La primera la contiene un informe que se refiere al hombre común del poblado de Sabaneta, en la Línea Noroeste, y dice que este encuentra en el pueblo "todo lo que puede halagar sus vicios y apetitos mal contenidos: peleas de gallos, golosinas y ron; pero lo que más le encanta y atrae es la fiesta (si es de acordeón) o la bachata si es de guitarras y cantos o boleros. Allí se está largas horas, entre trago y trago, sin que le preocupe para nada la heterogeneidad social de conjunto, ni el hálito asfixiante con que el polvo y el sudor enrarecen el ambiente, ni la forma incivil con que se arrebatan unos a otros las bailadoras, hasta que muy entrada la noche vuelve achispado al hogar."

En la segunda, Arzeno definía la bachata como animados jolgorios en los que "el trovador popular se hacía rey y comentarista de todo suceso empleando para ello el repentizado bolero."
De ambas menciones podemos extraer algunas características de la bachata antigua: conjugaba música, canto y baile; el bolero era inicialmente el género predominante, pero se trataba de un bolero rítmico, antillano, puesto que era bailable, lo cual a su veez significa que perticipaban hombres y mujeres; y era frecuente el consumo de ron.

De estas caracterizaciones se puede colegir que la bachata era un complejo socio-musical, del cual, dundiendeo ritmos, melodías e intrumentos y adaptándolos al ambiente nativo, mació posteriormente un modo musical e interpretativo de aspecto autóctono, que es el género musical de la bachata.
Precisamos que en aquellos añoa se diferenciaban los términos fiesta, baile y bachata, como señalaba Reamón Emilio Jiménez ya en 1955. Se entendía, comúnmente, que las tres eran celebraciones diferentes: se consideraba baile las que tenían lugar en salones de lujo, donde primaban las danzas selectas de la época, cuya realización se hacía con orquesta; a su vez, las fiestas eran las celebraciones con güira, tambora y acordeón, o sea, donde la música predominante era el merengue, el zapateo y otros ritmos folklóricos similares; las bachatas eran especificamente las celebraciones que se hacían con guitarras, bongó, palitos o cucharas, y otros instrumentos afines, y donde se bailaba predominantemente boleros y guarachas, pero también se entonaba son, ranchera y merengue con guitarra.

Pacini Hernandez define la bachata como una música popular dominicana autóctona, que emerge en 1961, teniendo como base las músicas latinoamericanas tocadas con guitarra, como bolero, ranchera y son. Indica, además, que el típico conjunto de bachatas se compone de dos guitarras, maracas -sustituidas recientemente por la güira- y el bongó -sustituido ocasionalmente por la tumbadora.

En tal celebración los instrumentos eran ejecutados por músicos las más de las veces improvisados y aislados en su medio, lo cual le imprimía a los ritmos que servían al baile las matizaciones propias de aquél universo marginal. Los espacios físicos de las bachatas eran principalmente los habitáculos marginales urbanos o rurales. En el campo, en una sociedad predominantemente rural como la de entonces, podía ser la enramada rústica o la sombra de un árbol, y en la ciudad, el parque o el patio de una vivienda. De esa manera, la bachata se extendió lentamente.

Jiménez, quien, como se evidencia a continuación, detestaba tal celebración, dice: "Las bachatas eran un foco de atracción de todos los hombres, y que nivelaba las clases sociales que a ellas concurrían, predominando las formas más burdas y libres de la democracia, el arroyo en toda su naturalidad pecaminosa". Sobre el escenario favorito para ese desborde de pasiones "pecaminosas", lo que él llamaba "placer disoluto", era "una salita impregnada de fuertes esencias" que parecían "conjuradas para desafiar la honestidad y poner sobre las armas los sentidos. Las más airosas formas de suburbio están allí desafiadoras y audaces". Y agrega: "La presencia del trago, la tonada zandunguera y las ansias provocadas por las guapas indias de pícaros ojazos de noche, maestras en el arte de imprimir temblores a su fresca carne virgen, quebranta la tranquilidad nocturna de la barriada para ceder espacio a la acción de bachatear o jaranear"

El nombre designaba, pues, más que un tipo de música, un ambiente social de vecindario o de barrio, definido básicamente por la presencia del baile y un conjunto de músicas populares. Esa diversión "conjugaba música, baile, relaciones amorosas, galanteos, amistades, alcoholismo y otras muchas actitudes"
La música previa solía ser heterogénea, pero la línea temática esencial de sus canciones, al decir de Jiménez, era desde un principio de corte trágico-melancólico; enfocaban la traición amorosa, al desprecio, recuerdos de ayer, los obstáculos que impedían la felicidad, el agobio económico; en otras palabras, tenía un texto narrativo y descriptivo, con frases figuradas muchas veces cargadas de doble sentido.
Por su origen y social y su temática, desde un principio aparecieron sectores aficionados a la bachata, casos de las trabajadoras domésticas, guardias, campesinos y peones, entre otros. Puede señalarse que en estos grupos sociales, "la música es síntesis de cientos de años de vivencias en la marginalidad"

En relación con ellos fue que surgieron distintas denominaciones para la bachata, con sentido peyorativo, tales como "música de guardia", "canciones de amargue:", o "discos de vellonera". En general, esto no era más que evidencia de la actitud despectiva predominante en la sociedad formal acerca de lo popular, y que implicaba al merengue y a la bachata tanto como a las demás músicas populares, y casi todas las actividades de las clases populares: música, arte, recreación. A todos estas manifestaciones se les consideraba "bajas" por su origen social plebes, inmorales, indecentes, impuras, pecaminosas. estas nociones puritanas de lo social, lo moral y lo cultural, resultan de interés en cuanto implicaron una aversión ideológica hacia lo popular, íntimamente asociada al predominio de la cultura autoritaria en la elite hegemónica en la sociedad.

A partir de los años treinta, el tipo de celebración que era la bachata se extiende hasta los bares, casas de cita, y lugares similares. En el Santo Domingo de la época posterior al ciclón de San Zenón (1930) se recuerda el sitio denominado El Yarey, situado en el barrio de Villa Francisca, periférico a la ciudad en ese entonces. En Santiago de los Caballeros era famoso el llamado Callejón de la Alegria, espacio donde por primera vez se usó el saxofón en el Caribe a comienzos del siglo XX en el conjunto denominado Perico Ripiao - que ejecuta el merengue típico dominicano-, y p0or donde, también, el son cubano reingresó a la República Dominicana alrededor de 1930.

A los grupos que amenizaban las bachatas se les llamaba "conjunto de bachata". Nuestras indagaciones indican que el género musical denominado bachata se originó como resultado de una lenta evolución de la música interpretada en la tipología de reunión social que ese nombre designaba, y que sus creadores naónimos fueron los conjuntos que las amenizaban. Recuérdose que los ritmos que predominaban en ellas eran el bolero ritmico, la guaracha y el son, entre otros, bastante extendidos en las Antillas después de la primera guerra mundial y con gran repunte, sobre todo del primero, tras la segunda guerra mundial.

Mientras, por una parte, Juan Luis Guerra reconoce en la bachata "un bolero antillano", otros observan también la influencia de la guaracha y del son, en los años ochenta se puso en evidencia la existencia de dos vertientes rítmicas de la bachata, una pausada y otra acelerada.
Nuestra hipótesis al respecto es que los primeros bachateros crearon una forma propia y acelerada de bolero, con letras similares a la de este y una manera gangosa de cantar, con una voz de resonancias nasales, y con giros de desgarramiento, dolor y amargura, de ahí el sobrenombre de "música de amargue" que se le endilgó durante mucho tiempo.

La forma musical de la bachata refleja el predominio del bolero tropical, que es más acelerado que el tradicional español, y era interpretada por unos músicos generalmente empíricos. A estas formas de canto y música se le agregó un cambio en coreografía del baile, incluyendo un elevamiento de los pies al concluir cada ciclo de los movimientos del baile, con lo cual quedó conformado el género como un ente musical y danzario autónomo, en los años sesenta del siglo XX.

Es probable que los antiguos "conjuntos de bachatas", en sus interpretaciones del bolero la guaracha y el son, chocaran con las limitaciones propias de una débil preparación musical al intentar hacerlo por las reglas. Esto probablemente llevó a simplificar esos ritmos, dando origen a una nueva forma de musicalización e interpretación, que con el tiempo adoptó el nombre de la actividad que designaba la bachata.

A la caída de Trujillo, la afición por la guaracha era tal que pronto esa influencia encontró una expresión masiva en un canal tan idóneo como la radio, en una sociedad pre- moderna como la dominicana de aquél entonces. Eso vino a ser La Guarachita, la emisora especializada en esa música, y cuyo nombre salió de la inclinación popular hacia ese ritmo. Este nombre, y el de música de amargue, durante mucho tiempo se disputaron la denominación del nuevo género, aunque en los lustros recientes el nombre de bachata se ha hecho indisputable.

El nombre mudó del tipo de actividad que designaba, al conjunto musical que la amenizaba, y finalmente al tipo de música que predominó en aquella, que no era, ya, ni bolero, ni guaracha, ni son, sino algo nuevo, distinto.
Ahora bien, resulta importante establecer dónde y cuándo se produce el paso final hacia la constitución de la bachata como especie musical autónoma. Sabemos lo dificultoso que resulta establecerlo con precisión, principalmente si tomamos en cuenta que la evolución fue espontánea y anónima. De manera tentativa, y con base en los datos que he podido recoger, lanzo la hipótesis de que el paso definitivo se produjo en el ámbito urbano, contrario a la idea de que su origen es rural.

En otras palabras, aunque el término bachata designaba en sus orígenes una actividad de preeminencia rural, por estar inserta en una sociedad también rural, el género musical bachata, que resultó de la evolución de aquélla, es de origen urbano, producto de un movimiento de traslación que convirtió a las ciudades en el epicentro de actividad. El espacio urbano, en comparación con los campos y por razones culturales, era más proclive a favorecer la evolución de los patrones culturales.

Esto no ha de extrañamos, si tomamos en cuenta la explosión demográfica y el brusco proceso de urbanización desde los años cincuenta, producto de una acelerada migración rural-urbana de la población dominicana
Asimismo, nuestros datos indican que ese paso se produjo entre 1950 y 1965. Como ya vimos, desde los años veinte las zonas populares de las ciudades conocían celebraciones de bachatas. Antes mencionamos a Sabaneta, en el Noroeste, y luego El Yarey en el sector de Villa Francisca, en Santo Domingo. En los años treinta, en Santiago de los Caballeros, de donde ya mencionamos e Callejón de la Alegría, so conocieron como músicos "bachateros" a Ramón Wagner ("Mon La Bruja"), y al "Conjunto de la mulatería", donde tocaban Jim Sánchez y Morito Sánchez, entre otros. En esos años alcanzaron popularidad en el país lo grupos cubanos como Los Compadres, el Sexteto Habanero y el Trío Matamoros, el cual se encontraba en Santo Domingo en agosto de 1030, y en donde pasaron el ciclón San Zenón, el cual dio origen al tema El Ciclón.

Otras evidencias aparecieron en el sector de Borojol, en Santo Domingo, con posterioridad a la segunda guerra mundial. Sara Pérez recogió el testimonio de Pedro María, un músico bachatero de los años cincuenta, quien llegó a ese barrio a comienzos de ese decenio, y tomó parte en las celebraciones de bachatas, en las que, dice, tocaban con todo, incluso a veces bastaba con el toque de dos cuchara, lo cual puede resultar exagerado. Esta fue la época también en que escribió sus opiniones Ramón Emilio Jiménez, mencionando el nombre de bachata como actividad.

Ahora bien, el mismo Jiménez apunta los instrumentos que se usaban para entonces en las celebraciones: guitarra, bongó y los palitos o clave. Estos son los mismos con que se originó la bachata musicalmente. Ese dato, aunque no es garantía de que el ritmo haya surgido para entonces, sin embargo, señala un acercamiento hacia ello: indica que la instrumentación básica ya estaba establecida. La transformación parece ocurrir a partir de entonces, y antes de la guerra patriótica de 1965, como síntesis de varias confluencias.

Pintura Dominicana
Las primeras influencias culturales de Europa en el Nuevo Mundo tuvieron lugar en la ciudad primada de América, Santo Domingo. La primera expresión de esas culturas, quedó atrapada en los muros y las piedras. Fue la Arquitectura y el diseño urbano de las ciudades la principal muestra de esa expresión. Luego se introdujeron la orfebrería, la platería y finalmente la pintura y la escultura.

La arquitectura colonial atravesó una enorme variedad de estilos y en cada uno de ellos el aporte de las tierras conquistadas es notable. En Santo Domingo lucen nuevos bríos el estilo románico, el gótico, el barroco y el neoclásico. Prevalecía, en la pintura y en la escultura, el aspecto sacro del tema ya que era en los conventos donde se aprendía y se practicaban las bellas artes.

Luego de la segunda mitad del Siglo XIX Europa vuelve a dejar sentir su poderoso influjo. El Impresionismo, post-impresionismo, costumbrismo y Art Nouveau son representados de alguna manera en la pintura dominicana. Se destacan Abelardo Rodríguez Urdaneta (1870-1932), pintor académico y Leopoldo Navarro. autor de cuadros costumbristas, Enrique García Godoy (1885-1941) y Celeste Woss y Gil (1891-1985) quien fue la primera mujer en presentar una exposición individual de sus obras (1924) y quien al establecer la práctica de copia del natural, en la enseñanza artística, acercó a los dominicanos a la contemplación y a la apreciación de la anatomía criolla; cambio fundamental de la pintura de los años 30.

La pintura dominicana moderna se inicia a principios del siglo XX , adoptando nuevos estilos que buscan expresar la identidad, de frente a la condición racial, geográfica e histórica. Aquí se destacan Jaime Colson y Darío Suro

Con Manolo Pascual En 1939, con la llegada de profesores y artistas españoles a República Dominicana, se funda la Escuela Nacional de Bellas Artes, en la dictadura de Trujillo (que duró de 1930-1960), de la cual emergen nuevos artistas: Gilberto Hernández Ortega (1924-1979), Marianela Jiménez (1925), Clara Ledesma (1924), Luichy Martínez Richiez (1928), Antonio Prats Ventos (1928). Josép Gausachs (1889-1959) George Hausdorf,

Entre los años 50 y 60 emergen artistas que contribuyen a desarrollar el arte dominicano. Sus principales exponentes son: Eligio Pichardo (1930-1984), Paul Giudicelli (1931-1965), Domingo Liz (1931), Fernando Peña Defilló (1928), Silvano Lora (1931-2003), Gaspar Mario Cruz (1925).
Antonio Toribio (1934), Ada Balcácer (1930), José Cestero, Ramón Oviedo, Juan Plutarco Andújar y Aquiles Azar.

Durante la década del sesenta, el tránsito de la dictadura a la democracia produce obras donde todo se cuestiona, estableciendo el límite entre lo moderno y lo contemporáneo en la producción artística dominicana. En estos años se destacan: Iván Tovar (1942), Ramón Oviedo (1927),

Cándido Bidó (1936), José Rincón Mora (1938), Rosa Tavarez, José Felix Moya (1944),Jorge Severino, Amable Sterling, Fernando Ureña Rib(1951), Antonio Guadalupe (1941), José R. Conde (1940-1987), Alonso Cuevas (1953), Alberto Ulloa (1950), Domingo Liz (1931), Vicente Pimentel (1942), Elsa Nuñez (1943), Mariano Ekert, (1920), Guillo Pérez (1927).León Bosch, Soucy de Pellerano, Alberto Bass, Orlando Menicucci, Daniel Henríquez, Danilo de los Santos Julio Susana, Vicente Fabré, Freddy Javier, Joaquín Ciprián, Juan Medina, Freddy Cabral, José Perdomo y Bismark Victoria.

En los años ochenta y noventa, el desarrollo de la informática y los medios de comunicación internacionales han llevado a las nuevas generaciones a incursionar en una propuesta donde lo insular y caribeño, son el sello de identidad de los artistas dominicanos. Hinojosa, Dustin Muñoz, José García Cordero, (1950) Dionisio Blanco, Jesús Desangles, Hilario Olivo, Luz Severino, Radahamés Mejía, Juan Mayí, Johny Bonelly, Raúl Recio, Amaya Salazar (1951) Fabio Domínguez, Tony Capellán y Geo Ripley. Entre los que se dedican al arte contemporáneo y las instalaciones, cabe destacar a Marcos Lora Read, Quisqueya Henríquez, Ingrid Madera, Charo Oquet, América Olivo, Belkis Ramírez, Jorge Pineda y Eliú Almonte.

Carnaval
La celebración del Carnaval tiene su origen probable en fiestas paganas, como las que se realizaban en honor a Baco, el Dios del vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se realizaban en honor del buey Apis en Egipto.

Según algunos historiadores, los orígenes de las fiestas de Carnaval se remontan a las antiguas Sumeria y Egipto, hace más de 5,000 años, con celebraciones similares en la época del Imperio Romano, desde donde se difundió la costumbre por Europa, siendo traído a América por los navegantes españoles y portugueses que nos colonizaron a partir del siglo XV.

El Carnaval en República Dominicana es una celebración popular que se celebra desde la conquista española. Febrero es el mes del Carnaval y cada región tiene su propio carnaval. Los mejores del país se celebran en la región del Cibao en Santiago y La Vega aunque los de Santo Domingo capital y Monte Cristi gozan también de gran popularidad.

En la celebración del Carnaval Dominicano se aprecia, en particular en los atuendos y disfraces, una mezcla muy variada por regiones de elementos y tradiciones africanas traídas por los esclavos transportados al Nuevo Mundo y las costumbres y ropajes europeos de sus amos y colonizadores.

Se confunden en las festividades los diablos cojuelos, con sus trajes de capa cubiertos de espejos, cascabeles y cencerros, que ridiculizan a los señores medievales, con los platanuses y otros disfraces netamente africanos, así como un sinnúmero de manifestaciones de la creatividad popular.
El Carnaval es la fiesta popular de mayor tradición de República Dominicana. Se produce desde la colonia, en víspera de la cuaresma cristiana, cuando los habitantes de Santo Domingo se disfrazaban como un remedo de las carnestolendas europeas.

Si desde el siglo XVI «hubo máscaras en la ciudad de Santo Domingo», lo cierto es que la tradición colonial creció con las gestas republicanas del 27 febrero de 1844 y del 16 agosto de 1865, al punto de que casi desde entonces nuestros carnavales se celebran en estas fechas, no importa si se encuentran fuera de las carnestolendas y por lo común ya dentro de la propia cuaresma, por lo menos la primera.

Como se sabe, el carnaval ocurre antes de la cuaresma, que es tiempo de penitencia y de preparación para la pasión de Cristo.
Entre nosotros, por ejemplo, los lechones de Santiago aparecieron después de la Restauración, al amparo de los bailes de máscaras celebrados en la casona de Madame García.

Carnaval de Santo Domingo
De acuerdo con la documentación existente, antes de 1520 ya había carnaval en la ciudad de Santo Domingo, Primada de América, declarada por la UNESCO, como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Si bien los carnavales de Santiago y La Vega son los más importantes en cuanto a tradición y popularidad, el carnaval de Santo Domingo es el centro de las actividades oficiales, iniciándose con el acto aislado (unos días antes del verdadero inicio del carnaval) de la coronación del Rey Califé.
En pleno apogeo colonial se celebraban los carnavales de carnestolenda, pero también como culminación de grandes acontecimientos y festividades religiosas, en honor a San Juan Bautista, Las Mercedes, San Miguel, San Carlos, Corpus Christi, entre otros.

El carnaval se transforma a partir del presente siglo, sobre todo a mediados, con los cambios socio-económicos-políticos-urbanos de la ciudad, donde el pueblo surgirá como un protagonista fundamental.
Mientras en la calle el Conde y los clubes privados se va a expresar el carnaval de las élites europeizadas, el Parque Enriquillo va a convertirse en el centro del carnaval popular, de donde van a surgir una rica cantidad de personajes, como:

  • Se me muere Rebeca

  • Califé

  • Los Indios

  • Los Africanos

  • Los Ali-Baba

El área principal de celebración es la amplia avenida George Washington, a orillas del Mar Caribe, en el denominado malecón.
Allí se acondicionan plazas para numerosos eventos y la zona se convierte en una enorme fiesta que se prolonga por varios días (típicamente el fin de semana más cercano al 27 de febrero).
Concluye con un gran desfile por el malecón de carrozas y comparsas de colores llamativos al ritmo de merengue, deslumbrando a los espectadores y contagiándolos con su baile.
Hoy en día, hay carnavales para Febrero y para Agosto, manteniendo así una tradición cultural-artística-social.

Carnaval de Santiago
En 1795 ya había carnavales para las fiestas patronales, en honor a San Santiago, para Corpus Christi y para la carnestolenda (tres días antes del miércoles de ceniza), en la ciudad de Santiago de los Caballeros, cuyas manifestaciones provenían desde los días de la colonia española.

Al igual que en la ciudad de Santo Domingo, inicialmente el carnaval se dividía en función de la estratificación social de las clases sociales existentes en Santiago, con manifestaciones en clubes privados por parte de los sectores pudientes y en las calles de los barrios populares, particularmente en La Joya y los Pepines, de donde surgirán los Lechones y Los Pepines de la ciudad disfrazados con coloridos trajes atacándose mutuamente, siguiendo una larga tradición de vieja rivalidad entre ellos.
Los Lechones usan máscaras que se asemejan cerdos, mientras que los Pepines usan máscaras con cuernos puntiagudos.

Para algunos investigadores, las primeras manifestaciones de carnaval de la isla que hoy compartimos con Haití, y de América, se realizaron en lo que es hoy las Ruinas de la Vega Vieja, en Febrero de 1520, en ocasión de una visita de Bartolomé de las Casas.
Se tenía noticia que los habitantes de la Vega Vieja se disfrazaban de moros y cristianos y realizaban festejos que evolucionaron en las celebraciones actuales.

Durante años el carnaval vegano mantuvo una expresión predominantemente españolizada, simbolizada en una expresiva teatralización, el baile de las cintas y sus Diablos Cojuelos, con trajes simples de color rojo, amarillo, verde y con sus máscaras representativas del diablo medieval, andromorfo, mefistofélico, con sus dos cachitos frontales clásicos, orejas grandes, boca abierta y dientes al aire, la cual fue posteriormente criollizada con barbas de cuero de chivo.

Cada domingo del mes de febrero en horas de la tarde, los Diablos Cojuelos salen a la calle armados de sus vejigas de toro, golpeando a todo el que ose bajar a la calle, pero respetando a los que se mantienen en la acera o calzada. El centro de la actividad es la calle Padre Adolfo, pasando por el Parque de las Flores, donde los diablos azotan a los transeúntes que los provocan o abandonan la calzada y donde se culmina con un desfile de más de 80 grupos de comparsas.

Esta dimensión pintoresca, herencia colonial, se transformará con la presencia afro, donde jugaron importante papel migraciones cubanas y los pobladores de los barrios populares de La Vega. Actualmente el carnaval vegano es el evento cultural más importante de esta ciudad que lleva el nombre del fértil valle que la sustenta y ha sido declarado Patrimonio Folklórico Nacional por la Cámara de Diputados.

Literatura
Literatura de la República Dominicana hace referencia a las manifestaciones literarias producidas en el territorio del país o fuera de él por dominicanos. Aunque sólo puede hablarse con rigor de literatura dominicana tras la independencia del país, se acostumbra incluir la producción literaria de la época colonial.

Historia de la Literatura Dominicana
Difícilmente antes del siglo XIX se podría hablar de textos fuera del casillero de la literatura colonial. Los primeros autores nacionales, entonces, contarían entre sus filas a José Núñez de Cáceres, Juan Pablo Duarte, Nicolás Ureña de Mendoza, que serían los que rondan el año 1844, el de la proclamación de la República Dominicana. Luego vendrían José Joaquín Pérez, Manuel de Jesús Galván, Nicolás Ureña de Mendoza y su hija Salomé Ureña.

Como antecedente, el primer texto literario escrito en la isla, que se recuerda, es el Diario de navegación del genovés Cristóbal Colón, en el que el almirante describe el paisaje y los pobladores de América. A partir de esa obra se sucederán otras en diversos géneros y en distintos momentos de su evolución histórica. Cristóbal de Llerena escribe el entremés Octava de Corpus Christi y, durante la etapa colonial, Leonor de Ovando escribe algunos sonetos, por lo que se le considera la primera mujer en escribir poesía de este lado del mundo.

La poesía, la novela, el cuento, el ensayo y la historia han expresado el discurrir político, social y económico del país que desde la hazaña del descubrimiento se ha impregnado de múltiples corrientes de pensamiento, sobre todo europeas y estadounidenses inicialmente, y del lejano oriente en las producciones de algunos escritores de finales del siglo XX.
La poesía ha tenido exponentes prominentes. El siglo XIX fue uno de los que más robusteció el género, aunque el XX fue todavía más prolífico y significó la evolución hacia su madurez, con el surgimiento de las vanguardias.

Aunque se desarrolló tardíamente, la novela ha tenido y tiene exponentes importantes en el país, aunque su desarrollo no ha escalado como las otras manifestaciones literarias. Surgió bajo la influencia del romanticismo francés de Víctor Hugo y acusa tres momentos importantes de acuerdo a su tipología y temática: la “novela de la caña”, la “novela bíblica” y “novelas costumbristas”.

El cuento ha tenido más trascendencia que la novela. El aporte de Juan Bosch, maestro del género en Hispanoamérica, ha sido fundamental. El escritor y político escribió tres significativas colecciones de cuentos tituladas Cuentos escritos antes del exilio, Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio. El cuento moderno se inicia en la segunda fase del siglo XIX, es decir, tardíamente, a juzgar por otros países.
Durante décadas, los intelectuales dominicanos han tenido en el ensayo un escenario que han ampliado y desarrollado con talento. Destacan los ensayos políticos de los independentistas, los conservadores y los restauradores. Uno de sus mejores exponentes en la arena internacional fue don Pedro Henríquez Ureña. La pasión local por los temas históricos, sobre todos los que abordan el tema de la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo y otros episodios políticos trascendentales, ha influido en el desarrollo de historiadores de fuste en diferentes épocas de la República.

Poesía
Según el escritor Basilio Belliard, el momento más espléndido de la poesía dominicana del siglo XIX es el que conforman Salomé Ureña, José Joaquín Pérez y Gastón Fernando Deligne, tres pilares donde descansa la modernidad de nuestra poesía de la época en sus vertientes patriótica, indigenista y psicológica. Pero no es sino en el siglo XX cuando nuestra poesía alcanza la categoría de moderna, con el surgimiento de las vanguardias.

La poesía es el género más cultivado desde Manuel María Valencia, el primer poeta romántico, pasando por Fabio Fiallo y otros que asimilan las influencias de las corrientes literarias europeas, hasta la irrupción incipiente del modernismo en tres figuras importantes como Valentín Giró, Ricardo Pérez Alfonseca y Osvaldo Bazil, cuyas influencias de Darío languidecen con la aparición del postumismo, hacia 1921. Tal es el caso de Otilio Vigil Díaz, el introductor de las vanguardias en las letras dominicanas, y gran renovador de nuestra lírica, influido por el simbolismo francés. Así, funda el primer movimiento poético de carácter unipersonal, al que se le sumó Zacarías Espinal y al que denominó vedrinismo, llamado así porque en sus versos intentaba hacer las piruetas que hacía en el aire un aviador francés de nombre Jules Vedrines.

Vigil Díaz introduce la modernidad al crear el verso libre y el poema en prosa con sus libros Góndolas (1912) y Galeras de Pafos (1921). Después de él, la poesía dominicana vive otro gran momento representado por Domingo Moreno Jimenes, al fundar, junto al filósofo Andrés Avelino y al poeta Rafael Augusto Zorrilla, el postumismo, en 1921. Redactan un manifiesto en el que niegan las vanguardias y favorecen una poesía de carácter nacionalista que rescate el color local, el paisaje y la identidad del hombre dominicano. Con el postumismo la tradición poética dominicana se renueva y sacude para incubar nuevas voces que la fortalecen. A este movimiento le sigue la Poesía Sorprendida, el grupo más pujante y de una gran apertura estética, conformado por grandes poetas como Franklin Mieses Burgos, Antonio Fernández Spencer, Aída Cartagena Portalatín, Freddy Gatón Arce, entre otros. Este conjunto de poetas tenía como lema la “poesía con el hombre universal”, contrario al postumismo.

Después le sigue la generación de los Independientes del 40, integrada por Manuel del Cabral, Héctor Incháustegui Cabral, Pedro Mir y Tomás Hernández Franco, los cuales publicaron poemas emblemáticos como Compadre Mon, Hay un país en el mundo, Poema de una sola angustia y Yelidá. De los Sorprendidos se desprende otro grupo de poetas antitrujillistas llamados la Generación del 48, conformada, entre otros, por Víctor Villegas, Máximo Avilés Blonda, Lupo Hernández Rueda, Luis Alfredo Torres, Rafael Valera Benítez, Abelardo Vicioso, etc. En los años sesenta, a raíz de la caída del régimen de Trujillo, surgen los escritores de la Generación del Sesenta con Marcio Veloz Maggiolo, Ramón Francisco, René del Risco, Jeannette Miller y Miguel Alfonseca.

En la misma década, y como consecuencia de la Guerra de abril del 65, surge el movimiento llamado Poetas de Postguerra (o Joven Poesía), con Mateo Morrison, Andrés L. Mateo, Enriquillo Sánchez, Tony Raful, Alexis Gómez Rosa, Enrique Eusebio y Soledad Álvarez, entre otros.
En los años ochenta aparece un movimiento poético que funda una ruptura con aquella generación al desentenderse de lo ideológico y de la circunstancia histórica, creando una poesía del pensamiento y la reflexión sobre otros temas: no ya lo social, sino lo filosófico, la muerte y lo erótico. Entre esos poetas están Leandro Morales, José Mármol, Plinio Chahín,[[ Dionisio de Jesús]], Médar Serrata, Víctor Bidó, José Alejandro Peña, etc. Cabe destacar poetas de transición de finales de los años setenta y principios de los ochenta, como José Enrique García, autor del libro El fabulador y Cayo Claudio Espinal creador del Movimiento Contexualista y autor de los libros Utopía de los vínculos, Banquetes de aflicción, Comedio (entre gravedad y risa), Las políticas culturales en la República Dominicana, La mampara y Clave de estambre. También de transición, aparece en 1993 Preeminencia del tiempo, de Leopoldo Minaya, tal vez la obra poética fundamental de la última década del siglo XX, caracterizada por un sincretismo estético y estilístico que integra el canon clásico a las diversas escuelas de vanguardia, revelando una angustia existencial que remonta a las esencias mismas del espíritu humano.

Novela
La primera novela escrita por un dominicano fue El montero (1856, publicada en París), de Pedro Francisco Bonó. Luego le siguió La fantasma de Higuey (1857, publicada en La Habana) de Francisco Angulo Guridi, aunque algunos historiadores de la literatura dicen que la primera novela dominicana es Los amores de los indios (1843, publicada en La Habana) de Angulo Guridi. La novela dominicana no ha tenido la pujanza que han tenido otros géneros como la poesía, el ensayo y el cuento, a pesar del Enriquillo (1879) de Manuel de Jesús Galván, que es la gran novela indigenista del Nuevo Mundo.

La novela es un género tardío en la República Dominicana. Surge bajo la influencia del romanticismo francés de Víctor Hugo. Como se ve, la historia de la literatura dominicana es la historia de la poesía o, más bien, de generaciones poéticas. Un gran hito de la novelística dominicana lo constituye la novela Sólo cenizas hallarás (bolero) de Pedro Vergés, con la que obtuvo los premios Blasco Ibáñez y el de la crítica en España en 1980.

La novela dominicana acusa tres momentos importantes de acuerdo a su tipología y temática: la “novela de la caña”, representada por Cañas y bueyes de Moscoso Puello, Over de Marrero Aristy y Jenjibre de Pérez Alfonseca. Luego la “novela bíblica” de Carlos Esteban Deive, Veloz Maggiolo y Ramón Emilio Reyes y la “novela propagandística” como Los enemigos de la tierra de Requena, Trementina, clerén y bongó y “novelas costumbristas” como La cacica de Rafael Damirón, Baní o Engracia y Antoñica de F. Gregorio Billini, La mañosa de Juan Bosch y la triología de García Godoy, compuesta por Rufinito, Guanuma y Alma dominicana.

Dentro de los novelistas más consagrados y de mayor proyección internacional en el momento actual se encuentra Marcio Veloz Maggiolo, autor de una decena de novelas, versátil escritor, pues ha cultivado el cuento, el ensayo histórico-arqueológico, el teatro y la novela. Junto a Aída Cartagena Portalatín funda la novela experimental, el primero con Los ángeles de hueso (1967) y la segunda con Escalera para Electra (1970). No obstante esa realidad, muchos críticos literarios afirman que la gran novela dominicana aún no se ha escrito, a pesar de la existencia de novelas como La sangre de Tulio Manuel Cestero, Over de Ramón Marrero Aristy, La mañosa de Bosch, Biografía difusa de Sombra Castañeda de Veloz Maggiolo o La balada de Alfonsina Bairán de Andrés L. Mateo.

Cuento
El cuento es un género que ha tenido mejor suerte que la novela, pues tenemos el privilegio de contar con un maestro del género en Hispanoamérica como lo es Juan Bosch, quien escribió tres significativas colecciones de cuentos tituladas Cuentos escritos antes del exilio, Cuentos escritos en el exilio y Más cuentos escritos en el exilio. El cuento moderno se inicia en la segunda fase del siglo XIX, es decir, tardíamente, a juzgar por otros países. El primer cuento breve que se conoce es El garito (1854) de Ángulo Guridi.

Las primeras leyendas y relatos de tradición oral que llegan a la isla provienen de los conquistadores, a través de sus intelectuales y religiosos que las esparcen por todo el territorio nacional. En el siglo XIX las primeras narraciones son de corte costumbristas, y la principal figura de esta tendencia es César Nicolás Penson, autor de Cosas añejas. Ya en el siglo XX tenemos la figura de Fabio Fiallo, quien escribe cuentos modernistas influidos por su amigo Rubén Darío con Cuentos frágiles (1908), así como Tulio Manuel Cestero y Virginia Elena Ortea.
Otros importantes exponentes del género son José Ramón Lopez, René del Risco, Virgilio Díaz Grullón, Hilma Contreras, Sanz Lajara, José Rijo, Diógenes Valdez, Pedro Peix, entre otros. Desde la temática costumbrista y socio-realista de Bosch, Sócrates Nolasco, Néstor Caro y Marrero Aristy, hasta la vertiente psicológica de Díaz Grullón y la temática urbana de del Risco o la fantástica de Peix, el cuento ha experimentado una variedad de facetas que lo hacen ser un género de una riqueza expresiva, temática y técnica encomiable. En los años ochenta se destacan René Rodríguez Soriano, Ángela Hernández, Rafael García Romero, Pedro Camilo, Avelino Stanley, Ramón Tejada Holguín, César Zapata, Manuel García Cartagena y en los años noventa, Pedro Antonio Valdez, Pastor de Moya, José Acosta, Luis Martín Gómez, entre otros.

Ensayo
El ensayo sobre todo el historico. ENSAYO. Escrito en prosa sobre un tema específico sin pretensiones científicas ni conclusión definitiva. El término ensayo fue usado originalmente para designar aquellos escritos experimentales que oscilaban entre la ciencia y la literatura.

Pero esa concepción ha ido cambiando paulatinamente, al extremo de que en la actualidad se le da categoría de ensayo a aquellos textos que mediante la exposición, la discusión y la evaluación de un tema detergí-nado pretende validar la tesis expuesta en el mismo. El iniciador del género fue el francés Miguel de Montaigne (1533-1592), quien en 1580 publicó una serie de escritos sobre sus confesiones personales titulado Essais (Ensayos). Posteriormente, en 1597, el inglés Francisco Bacon (1561-1626) dio a la publicidad su obra Ensayos, meditaciones religiosas, tópicos de persuasión y de discusión. Entre otros propulsores europeos del ensayo sobresalen: Joseph Addison (1672-1719), Gaddhold Lessing (1729-1781), Johann Goethe (1749-1832), Tomás Carlyle (1795-1881), Tomás Macaulay (1800-1859), Hipólito Taine (1828-1893), Paul Valery (1871-1945), Thomas Mann (1875-1955) y Gyorgy Lukacs (1885-1971).

En España, donde el ensayo toma verdadero cuerpo en el siglo XIX, han ganado fama como ensayistas Angel Ganivet (1865-1898), Miguel de Unamuno (1864-1936), José Ortega y Gasset (1883-1955) y Amé-rico Castro (1885-1972). Hispanoamérica, por su parte, ha dado figuras de la talla de Juan Montalvo (1833-1889), José Martí (1853-1895), José Vasconcelos (1881-1959), Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), José Carlos Mariátegui (1895-1930), Octavio Paz (1914-1998) y Roberto Fernández Retamar (1930). En República Dominicana, como en casi todo el que resto de América Latina, el ensayo surge formalmente en la segunda mitad del siglo XIX y adquiere notoriedad en el XX. Su orientación ha sido tradicionalmente histórica, política, sociológica y literaria.

Es difícil fijar el punto de partida del ensayo dominicano, pues antes de que dicho género alcanzara cierto nivel de madurez en el país, hubo un grupo considerable de escritores que expresaron sus inquietudes políticas, sociales y literarias a través de la prosa ensayística. Los ideales revolucionarios de los independentistas y los restauradores, así como el arribismo y el antinacionalismo de los intelectuales conservadores dominicanos de la segunda mitad del siglo XIX predominan en los escritos periodísticos de los más valiosos representantes de la primera oleada de ensayistas nacionales.

Los artículos de Alejandro Angulo Guridi (1816-1884), particularmente los publicados en los semanarios El Orden, La Re-pública, La Reforma y El Progreso y reunidos posteriormente en su obra Temas políticos (1891), reflejan el nivel de desajuste político de la sociedad dominicana de su época. Aunque menos profundo que Guridi en el análisis de temas políticos, pero más hábil que muchos de sus coetáneos en la percepción de las costumbres y los males sociales locales, Ulises Francisco Espaillat (1823-1878) motivó a muchos de sus acólitos a cultivar la prosa periodística. Labrados con un estilo fluido y ameno, pero de ingrato recuerdo para el pueblo dominicano por su contenido alienante y pesimista, fueron los editoriales anexionistas del periódico La Razón firmados por Manuel de Jesús Galván (1834-1910) los cuales fueron complementados años después con su defensa a Pedro Santana divulgada en los semanarios Oasis y Eco de la Opinión. Otra figura importante en esa etapa embrionaria de la ensayística nacional fue Manuel de Jesús Peña y Reynoso (1834-1915), autor de ensayos sobre la novela Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván y Fantasías indígenas, de José Joaquín Pérez.

Pero el más notable ensayista literario dominicano del siglo XIX y de las dos primeras décadas del XX fue Federico García Godoy, quien inició su labor crítica en 1882 en el periódico El Porvenir extendiéndose hasta el momento de su muerte, ocurrida en 1924.

Sus opiniones fueron difundidas en importantes revistas y periódicos nacionales y extranjeros y en sus obras Perfiles y relieves (1907), La hora que pasa (1910), Páginas efímeras (1912), El derrumbe, 1916 y Americanismo literario (1918). José Ramón López (1866-1922), aferrado originalmente a la propuesta gastronómica que asocia el triunfo de los pueblos al tipo de alimentación de sus habitantes, figura entre los primeros de un connotado número de intelectuales nacionales que como Américo Lugo (El Estado dominicano ante el derecho público, 1916 y El nacionalismo dominicano, 1923), Francisco Moscoso Puello (Cartas a Evelina, 1941), Manuel Arturo Peña Batlle (La isla de la Tortuga), Juan Isidro Jimenes Grullón (La República Dominicana,: una ficción, 1965), Joaquín Balaguer (La isla al revés, 1983) y Juan Bosch (El pentagonismo, sustituto del imperialismo, 1963 y David, biografía de un rey, 1968), se disputaron las diversas corrientes ideológicas de la ensayística isleña. De ellos, Peña Batlle, Moscoso Puello y Balaguer, supeditaron su producción a la corriente denominada pesimismo dominicano, la cual partía de la creencia conservadora de que la República Dominicana era incapaz de desarrollarse por sí misma. Otros, en cambio, como Juan Isidro Jimenes Grullón y Juan Bosch se apoyaron en el discurso sociológico e histórico para revisar muchos y rectificar muchos de los planteamientos de sus predecesores inmediatos.

Actualmente en los ensayistas dominicanos de temas históricos y sociológicos prima el interés por deslindar el concepto de nacionalidad, los conflictos raciales y la función social de los intelectuales locales. Los ensayos de Manuel Núñez (El ocaso de la nación dominicana, 1990), Andrés L. Mateo (Mito y cultura en la era de Trujillo, 1993), José Rafael Lantigua (La conjura del tiempo, 1994) y Federico Henríquez Gratereaux (Un ciclón en una botella, 1996) son ejemplos notables de dicha tendencia. Otros, como Miguel Guerrero (Los últimos días de la era de Trujillo, 1995, La ira del tirano, 1996 y Trujillo y los héroes de junio, 1996) y MuKien Adriana Sang (Ulises Heureaux: biografía de un dictador, 1987, Buenaventura Báez, el caudillo del Sur, 1991 y Una utopía inconclusa: Espaillat y el liberalismo dominicano del siglo XIX, 1997) han encontrado en el pasado histórico la vía idónea para revisar muchos capítulos nebulosos de la historia nacional, especialmente los relacionados con el papel jugado por varios de los dictadores dominicanos.

Desde inicio del siglo XX, el ensayo literario comienza a ganar terreno. Surgen, entonces, las voces de Pedro Henríquez Ureña (Ensayos críticos, 1905, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, 1927, Literary Currents en Hispanic América, 1946), Max Henríquez Ureña (Breve historia del modernismo, 1964), Camila Henríquez Ureña (Apreciación literaria, 1964) y Antonio Fernández Spencer (Ensayos literarios, 1960) quienes asumen, por primera vez en la historia de las letras dominicanas, el análisis y la crítica literarias con objetividad científica.

Exceptuando a Bruno Rosario Candelier (Lo culto y lo popular en la poesía dominicana, 1979, La imaginación insular, 1984 y La creación mitopoética, 1989), Diógenes Céspedes (Seis ensayos sobre poética latinoamericana, 1983, Estudios sobre literatura, política Lenguaje y poesía en Santo domingo en el siglo XX, 1985, Política de la teoría del lenguaje y la poesía en América Latina en el siglo XX, 1995), José Alcántara Almánzar (Estudios de poesía dominicana, 1979), Daisy Cocco De Filippis (Estudios semióticos de poesía dominicana, 1984) y Manuel Matos Moquete (El discurso teórico en literatura en América Hispánica, 1983 y En la espiral de los tiempos, 1998), la más reciente promoción de ensayistas literarios nacionales, entre ellos: Manuel Mora Serrano, Miguel Angel Fornerín, José Enrique García, etc. han desarrollado una invaluable labor en la prensa nacional como articulistas, reseñadores de libros y cronistas literarios.

Historia
La historia, como género literario ha tenido grandes exponentes en nuestro país, desde los grandes fundadores de la historiografía dominicana como José Gabriel García, Manuel del Monte y Tejada y Bernardo Pichardo, hasta la hegemonía de los representantes de dos tendencias antagónicas desde el punto de vista ideológico, tal es el caso de Roberto Cassá y Frank Moya Pons. Importantes historiadores desde la era de Trujillo, además de éstos, son Emilio Cordero Michel, Jaime de Jesús Domínguez, Franklin Franco Pichardo, Juan Daniel Balcácer y Bernardo Vega.

El tema de Trujillo es el que despierta más interés y curiosidad, de ahí que Vega sea uno de los más leídos por su historia documental, así como aquellos historiadores que tratan los temas de la Iglesia Católica y la era de Trujillo. Los temas de la independencia, las intervenciones estadounidenses, la etapa colonial y precolombina han sido abordados de manera acuciosa por nuestros historiadores con diferentes enfoques y métodos de análisis. La Composición Social Dominicana del profesor Juan Bosch es un referente obligado como punto de partida sociológico para analizar la estructura social de la RD desde el punto de vista histórico, así como la Sociología Política Dominicana de Jimenes Grullón.

Algunos autores dominicanos (en orden alfabético)
• Américo Lugo
• Apolinar Perdomo
• Tulio Manuel Cestero
• José Alcántara Almánzar
• Julia Álvarez
• Paul Alvarez
• Frank Báez
• Ángel Berroa
• Máximo Avilés Blonda
• Juan Bosch
• Manuel del Cabral
• Tomás Castro
• Aída Cartagena Portalatín
• Diógenes Céspedes
• Plinio Chahín
• Hilma Contreras
• León David
• Gastón Fernando Deligne
• Virgilio Díaz Grullón
• Cayo Claudio Espinal
• Fabio Fiallo
• Antonio Fernández Spenser
• Manuel de Jesús Galván
• Freddy Gatón Arce
• Federico Henríquez Grateraux
• Pedro Henríquez Ureña
• Rita Indiana Hernández
• Dionisio de Jesús
• Mariano Lebrón Saviñón
• Ramon Marrero Aristy
• Andrés L. Mateo
• Miguel D. Mena
• Juan Carlos Mieses
• Franklin Mieses Burgos
• Jeannette Miller
• Leopoldo Minaya
• Pedro Mir
• Mateo Morrison
• Pedro Peix
• José Alejandro Peña
• Franklin Franco Pichardo
• René del Risco Bermúdez
• Marta Rivera
• Manuel Rueda
• Enriquillo Sánchez
• Robin Santana
• Haffe Serulle
• Salomé Ureña
• Pedro Antonio Valdez
• Marcio Veloz Maggiolo
 

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